 |
JUAN PABLO II
REGINA CAELI
Domingo 1 de mayo de 1988
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Esta tarde iré al santuario
pontificio de María Santísima "ad Rupes", en Castel Sant' Elia, para honrar
junto con toda la diócesis de Civita Castellana a su patrona celeste, cuya
imagen desde hace más de un año y medio está peregrinando por todas las
parroquias con el fin de invitar a los fieles a adorar a su Hijo Jesús, único
Señor, que ofrece al hombre el verdadero sentido de la vida.
Este santuario dedicado a María tiene
una larguísima y gloriosa historia, que se remonta al siglo V. Efectivamente, en
las grutas excavadas en las rocas del Valle Suppentonia vivieron primero
numerosos anacoretas, a los cuales sucedieron después los monjes benedictinos.
Estos hombres, para corroborar su fe y su piedad, visitaban frecuentemente una
gruta, en la cual habla una imagen de la Virgen. Entre estas santas personas
podemos recordar a los abades Anastasio y Nonnoso.
Otros santos, en los siglos siguientes,
se acercaron allí en peregrinación afrontando a veces viajes largos y fatigosos.
Los más conocidos entre ellos son San Benito José Labre, San Leonardo de Puerto
Mauricio, San Odón, abad de Cluny, y San Pablo de la Cruz. Estos ejemplos nos
hacen comprender bien cómo los santuarios marianos son lugares hacia los que el
hombre se siente atraído, porque allí experimenta una particular presencia de
Dios y puede reforzar los propósitos de vivir a fondo la vida cristiana.
2. Tras un período de abandono, el
santuario de María Santísima "ad Rupes" recobró nuevo esplendor gracias a la
obra del humilde eremita fray Giuseppe Andrea Rodio, que lo embelleció, y excavó
en la roca una escalera de 144 peldaños, para facilitar el acceso de los fieles
deseosos de permanecer en oración ante la dulcísima imagen de la Virgen. La
pintura, que quizá retama un fresco precedente impreso sobre las paredes
tobosas, representa a la Virgen la cual, con las manos unidas a la vista hacia
abajo mirando al Niño dormido en sus rodillas, lo contempla, rezando por todos
los que imploran su intercesión.
El santuario de la Virgen de las Rocas,
gracias a la presencia, en el pasado, de los padres franciscanos, y hoy de los
religiosos de San Miguel Arcángel, vive una nueva estación como centro de
plegaria y espiritualidad para todos los que buscan a Dios en el silencio y en
la penitencia tratando, mediante la Santa Virgen de escucharlo y encontrarlo en
lo profundo del corazón, para obtener nuevas energías en el cumplimiento de sus
deberes.
3. En este día, en que visitaré con
gran alegría aquel santuario, os invito a uniros a mí en la oración a la Virgen
de las Rocas con las palabras del himno que a Ella se eleva en aquel santuario:
"¡Míranos con rostro benigno y escucha
el suspiro de los corazones!" ¡Bendice nuestras familias, socórrenos en los
grandes peligros! ¡Ayúdanos a recorrer contigo el camino de la plena fidelidad a
Jesús y a la Iglesia! ¡Y guíanos a la victoria sobre el mal, para triunfar
contigo y con Jesús!
© Copyright 1988 - Libreria Editrice Vaticana
|