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VIAJE APOSTÓLICO A EXTREMO ORIENTE  Y MAURICIO

CONCLUSIÓN DEL 44º CONGRESO EUCARÍSTICO INTERNACIONAL

JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 8 de octubre de 1989
Youido Plaza, Seúl (Corea)

 

Hermanos y hermanas en Cristo:

1. Acabamos de celebrar la Eucaristía, concluyendo así el 44° Congreso Eucarístico Internacional. En unión con la Iglesia extendida en el mundo entero hemos sido asociados a Jesucristo en el "sacrificio agradable que trae la salvación para el mundo entero". Con su Madre, María siempre Virgen, nos hemos alegrado en Dios nuestro Salvador, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por su pueblo (cf. Lc 1, 47-49).

En esta hora del mediodía nos volvemos a María, a quien Cristo nos dio como Madre nuestra (cf. Jn 19, 27). "Ella está entre los pobres y humildes del Señor" para siempre (Lumen gentium, 55), intercediendo en favor de los hambrientos, los débiles y los indefensos. Ella es la esperanza y el consuelo de los hijos de Eva. Ella es la "bondadosa Abogada". Llenos de confianza le pedimos que ruegue por nosotros, para que seamos dignos de las promesas de su Hijo divino.

2. Hoy en Seúl, ofrecemos nuestra ferviente oración para que la paz de Cristo descienda sobre todas las naciones y pueblos. Permitidme que mencione particularmente dos pueblos que llevo dentro de mi corazón. Confiando en la tierna solicitud de María por todos sus hijos, no podemos dejar de encomendar, con profundo cariño, esperanza e inquietud, al pueblo de Corea del Norte y de modo especial a su comunidad católica. Oramos por esos padres e hijos, hermanos y hermanas, amigos y familiares que se hallan separados, pero que esperan, con esperanza inquebrantable, verse reunidos como una sola familia Que Jesús, por intercesión de su Santísima Madre, la Reina de la Paz, apresure el día en que todos los coreanos se reconcilien en la confianza y respeto mutuos y se reúnan en la alegría del amor fraterno.

3. En esta conversación filial con María nuestra Madre, menciono asimismo a nuestros hermanos y hermanas en Cristo que viven en la China Continental. Su proximidad geográfica así como los lazos de fe y cultura, los sitúan muy cerca de muchos de los reunidos aquí. En lo más profundo de mi corazón está siempre presente un ardiente deseo de encontrarme con esos hermanas y hermanas, para expresarles mi afecto cordial y mi solicitud por ellos así como para manifestarles la alta estima de que gozan en las otras Iglesias locales. Me siento profundamente conmovido cuando pienso en los signos heroicos de fidelidad a Cristo y a su Iglesia por muchos de ellos en los últimos años. Que Cristo, por intercesión de María, Auxilio de los cristianos, sea su consuelo en todos sus sufrimientos y en todos los retos de la vida diaria. Que el Señor infunda asimismo en ellos un empeño firme por la delicada tarea de fomentar la reconciliación en el seno de la comunidad eclesial, en comunión de fe con el Sucesor de Pedro, que es el principio y fundamento visible de esa unidad. Que Él anime y sostenga a los fieles cristianos de allí en su esfuerzo por dedicarse a conseguir el bien común y el servicio generoso a sus conciudadanos, trabajando por el progreso de su noble nación.

4. Pedimos a María que lleve a toda la humanidad a la cruz de Cristo, nuestra única esperanza de salvación. Que por sus oraciones, todos los corazones se abran a la paz de Cristo, esa paz que sobrepasa todo entendimiento humano (cf. Flp 4, 7) Y que nosotros, que hemos recibido tantos dones de Dios por su intercesión, imitemos su ejemplo ofreciéndonos en unión con su Hijo por la salvación y la paz del mundo entero.

 

© Copyright 1989 - Libreria Editrice Vaticana

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