JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 3 de diciembre de 1989
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Hoy, primer domingo de Adviento, la
Iglesia se pone con renovado fervor en actitud de espera: revive la
expectativa de la primera venida del Salvador en la humildad del pesebre y se
orienta con el deseo hacia su retorno definitivo en la gloria.
No es esta un espera pasiva e inerte:
puesta entre el ya de la Navidad y el aún no de la Parusía, la
Iglesia sabe que ha de dedicarse con todo empeño a la evangelización del mundo.
Para realizar esa tarea, tiene necesidad de la colaboración de todos sus
miembros. Sin embargo, cuenta de modo especial con el trabajo de los sacerdotes.
Por eso, muy oportunamente el próximo Sínodo de los Obispos, en su VIII Asamblea
General Ordinaria que tendrá lugar en octubre de 1990, estudiará el tema de la
"formación de los sacerdotes en las circunstancias actuales".
El encuentro dominical para la plegaria
del "Ángelus" nos ofrece y nos ofrecerá la ocasión de dirigir nuestra mirada
hacia un acontecimiento en que se estudiará un tema de importancia esencial para
la vida de la Iglesia.
2. El Sínodo de 1971 habla afrontado
los problemas del sacerdocio ministerial: refiriéndose al Evangelio y
siguiendo la doctrina del Concilio Vaticano II, los Padres sinodales recordaron
entonces algunos principios doctrinales esenciales e indicaron las oportunas
orientaciones operativas acerca del ministerio y el estilo de vida de los
sacerdotes. Las normas enunciadas conservan aún hoy su valor iluminante.
Pero las múltiples dificultades que la
vida sacerdotal encuentra en nuestro tiempo hacen aparecer mejor la urgencia de
una formación apropiada que responda plenamente a las exigencias del
mundo contemporáneo. Por tanto era oportuno que el tema del sacerdocio
ministerial fuese completado con una profunda reflexión sobre la formación de
los sacerdotes.
Sabemos que la vocación sacerdotal es
un don de la gracia, una llamada gratuita que procede del amor divino, pues no
se puede nunca considerar la vida sacerdotal como una promoción simplemente
humana, ni la misión del ministro como un simple proyecto personal. En todo
instante de su vida el sacerdote debe considerarse a sí mismo como destinatario
de una especial llamada de Jesús y totalmente empeñado en realizarla.
Y precisamente para ser plenamente
acogida y producir todos sus frutos, esta llamada requiere una formación que
permita el desarrollo de todo lo que la gracia ha sembrado. Ese desarrollo no es
posible sin una seria formación doctrinal y espiritual que ayude a cada uno de
los que han sido llamados a vivir de modo adecuado a la consagración sacerdotal.
3. Esta formación constituye la
preocupación de los obispos y de todos los que cooperan en la maduración de las
vocaciones y en su éxito. Pero también todos los fieles están interesados en
esta formación; todos están invitados a compartir la preocupación de las
autoridades pastorales y a orar por la formación de los sacerdotes. Todos somos
responsables de las gracias que bajarán sobre la próxima asamblea del Sínodo de
los Obispos.
Pidamos a María que cada uno de
nosotros escuche el anuncio de este Sínodo con las disposiciones interiores con
que Ella escuchó el primer anuncio de la Buena Nueva.
© Copyright 1989 - Libreria Editrice Vaticana
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