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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Viernes 8 de diciembre de 1989
Solemnidad de la Inmaculada Concepción

 

Queridos hermanos y hermanas:

1. "Bendito sea el Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo que... nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor" (Ef 1, 34). Así nos saluda san Pablo en la misa de la solemnidad de la Inmaculada que celebramos hoy, y así quiero también yo saludaros ahora. "Ser inmaculados". Este es el ideal cristiano. Y nosotros hoy festejamos e imploramos a aquella creatura que, entre todas, después de Cristo (que no es sólo creatura, sino también Dios), se nos presenta como modelo y maestra de pureza en todas las dimensiones del propio ser, reflejo y participación de la infinita pureza de Dios.

Y esta creatura es una mujer. Todos nosotros podríamos repetir, como Adán, refiriéndonos a María ―pero en otro sentido―: "La mujer que me diste por compañera" (Gn 3, 12). Sí, María es la "mujer" que Dios ha puesto por compañera de todo hombre para conseguir la salvación. María es la mujer que no es engañada por la serpiente, ni, en complicidad con la serpiente, engaña al hombre acerca de su fin último, que es la contemplación de Dios Verdad. El presupuesto originario de la pureza interior de María se encuentra en la relación limpia, leal y cristalina que el alma de María tiene con la Verdad. María es ante todo y eminentemente la Mujer de la Verdad. María es camino hacia la Verdad divina precisamente porque es totalmente de Dios, y Dios es Verdad. Y es camino obligado: Ianua Coeli.

2. El alma de María nunca fue contaminada por ninguna mancha de pecado. Como salió de las manos del Creador, así permaneció, más aún, creció continuamente en perfección moral, hasta el vértice supremo de la Asunción a la gloria celeste en alma y cuerpo.

Esta suprema pureza no debe hacernos sentir lejana a María, a pesar de nuestra condición de pecadores, pues dicha pureza está totalmente al servicio de los hombres. Debemos considerarla como sostén seguro en la lucha contra las potencias del mal, como luz brillantísima de verdad, como motivo invencible de esperanza y de gozo. María nos habla de una victoria total sobre el mal, por lo que, si seguimos sus huellas ―y por tanto las de Cristo― podemos esperar ser totalmente purificados del pecado y llegar a ser también nosotros "santos" e "inmaculados".

3. Oh María, ¿qué simple creatura humana será más amiga y testigo de la Verdad que tú? ¿Qué simple creatura es más enemiga del mal y del error? Enséñanos, ante todo, a creer en la posibilidad de una plena pureza, aunque nuestras miserias ―personales y sociales― nos impulsen a considerarla inalcanzable. Enséñanos a creer firmemente en esta posibilidad y a perseguirla con valentía a lo largo de toda nuestra vida, hasta la gloria celeste. Amén.

 

© Copyright 1989 - Libreria Editrice Vaticana

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