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JUAN PABLO II

REGINA CAELI

Domingo 7 de mayo de 1989

 

1. Al regresar del viaje pastoral que me ha llevado a Madagascar, isla de La Reunión, Zambia y Malawi, siento la necesidad de dar gracias ante todo a Dios por el servicio apostólico que he podido realizar entre aquellas amadas poblaciones. Guardo en el corazón el recuerdo conmovido del impulso generoso con el que los fieles de aquellas jóvenes Iglesias viven su adhesión al Evangelio.

Un pensamiento agradecido dirijo también a los hermanos en el Episcopado y a sus colaboradores eclesiásticos y laicos, que se han esforzado tanto por el éxito de la visita. Doy las gracias también a las autoridades civiles por la cordial disponibilidad con la que me han acogido y asimismo doy las gracias a los que han trabajado en los diversos servicios, y se han prodigado a fin de que todo se desarrollase de la mejor manera posible.

No me detengo ahora en los contenidos de la visita, porque pienso volver sobre ella en una próxima audiencia general.

2. Continuando la reflexión sobre los dones del Espíritu Santo, hoy tomamos en consideración el don de consejo. Se da al cristiano para iluminar la conciencia en las opciones morales que la vida diaria le impone.

Una necesidad que se siente mucho en nuestro tiempo, turbado por no pocos motivos de crisis y por una incertidumbre difundida acerca de los verdaderos valores, es la que se denomina "reconstrucción de las conciencias". Es decir, se advierte la necesidad de neutralizar algunos factores destructivos que fácilmente se insinúan en el espíritu humano, cuando está agitado por las pasiones, y la de introducir en ellas elementos sanos y positivos.

En este empeño de recuperación moral la Iglesia debe estar y está en primera línea: de aquí la invocación que brota del corazón de sus miembros ―de todos nosotros― para obtener ante todo la ayuda de una luz de lo Alto. El Espíritu de Dios sale al encuentro de esta súplica mediante el don de consejo, con el cual enriquece y perfecciona la virtud de la prudencia y guía al alma desde dentro, iluminándola sobre lo que debe hacer, especialmente cuando se trata de opciones importantes (por ejemplo, de dar respuesta a la vocación), o de un camino que recorrer entre dificultades y obstáculos. Y en realidad la experiencia confirma que "los pensamientos de los mortales son tímidos e inseguras nuestras ideas", como dice el Libro de la Sabiduría (9, 14).

3. El don de consejo actúa como un soplo nuevo en la conciencia, sugiriéndole lo que es lícito, lo que corresponde, lo que conviene más al alma (cf. San Buenaventura, Collationes de septem donis Spiritus Sancti, VII, 5). La conciencia se convierte entonces en el "ojo sano" del que habla el Evangelio (Mt 6, 22), y adquiere una especie de nueva pupila, gracias a la cual le es posible ver mejor qué hay que hacer en una determinada circunstancia, aunque sea la más intrincada y difícil. El cristiano, ayudado por este don, penetra en el verdadero sentido de los valores evangélicos, en especial de los que manifiesta el sermón de la montaña (cf. Mt 5-7).

Por tanto, pidamos el don de consejo. Pidámoslo para nosotros y, de modo particular, para los Pastores de la Iglesia, llamados tan a menudo, en virtud de su deber, a tomar decisiones arduas y penosas.

Pidámoslo por intercesión de Aquella a quien saludamos en las letanías como Mater Boni Consilii, la Madre del Buen Consejo.

 

© Copyright 1989 - Libreria Editrice Vaticana

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