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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 18 de marzo de 1990

 

1. Este tiempo de Cuaresma nos invita a reflexionar, entrando en nosotros mismos, para captar mejor el sentido de nuestro destino. Se trata de pensar en las cosas realmente esenciales de nuestra existencia, pues nuestra mirada, y con ella nuestro pensamiento, con frecuencia son atraídos por las cosas visibles que nos rodean, de forma que corremos el peligro de detenernos sólo en nuestras necesidades más inmediatas, sin preguntarnos por el fin último de nuestra vida. Pero ese fin es importante, porque de su consecución depende el desenlace de nuestra existencia terrena.

Si queremos descubrir con plena claridad este fin, debemos abandonar nuestros pensamientos demasiado superficiales, para dejar lugar en nosotros a la sabiduría divina. Ya el Antiguo Testamento recomendaba la búsqueda de la Sabiduría, que es don divino, pero sólo "la encuentran los que la buscan" (Sb 6, 12). Luego, Cristo nos ha aclarado que Él mismo es la Sabiduría que vino a instruir a la humanidad.

2. Esta Sabiduría debe animar el pensamiento del sacerdote y orientar su enseñanza y su acción. Del sacerdote no se espera sólo que conozca las verdades de la fe, sino también que sepa expresar juicios y apreciaciones equilibrados, sobre la base de una experiencia personal del misterio de Dios. Quien se dirige a Él, puede contar con esta sabiduría, que le es dada de lo Alto para el ejercicio de su ministerio.

En especial, el sacerdote tiene la misión de recordar a sus hermanos el sentido último de la vida, para orientarlos en la verdadera perspectiva de su existencia. Debe estar animado de sentido común y más precisamente de sentido común sobrenatural, para saber superar, a la luz de la gracia, los puntos de vista demasiado restringidos de los razonamientos puramente humanos. Haciendo que las miradas se eleven a Dios, el sacerdote ayuda a aquellos que le salen al encuentro a alcanzar el pleno desarrollo de su personalidad humana y cristiana.

3. El examen de este aspecto de la formación sacerdotal constituirá con toda seguridad uno de los objetivos del próximo Sínodo, que deberá preocuparse de señalar los medios para la preparación de hombres dotados de una profunda sabiduría. En el mundo en que vivimos, caracterizado por una multiplicidad de opiniones diversas, es importante formar candidatos al sacerdocio capaces de orientarse con equilibrio en las complejas vicisitudes de la vida. La adquisición de esta madurez de juicio tiene un valor inestimable para quien, en el ministerio, ha de expresar pareceros y tomar decisiones cuyas consecuencias pueden ser importantes.

Mañana se celebra la solemnidad de san José: él fue un hombre dotado de verdadera sabiduría, un hombre lleno de sentido común, y siempre dócil a las inspiraciones divinas.

Elevemos nuestra oración a la Virgen María, Sede de la Sabiduría, y a su esposo san José, para que con su intercesión obtengan para la iglesia sacerdotes que, con su sabiduría, comuniquen a sus hermanos la luz que necesitan.

 

© Copyright 1990 - Libreria Editrice Vaticana

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