JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 1 de abril de 1990
¡Queridísimos hermanos y hermanas!
1. Con ocasión de la fiesta de Pascua,
los cristianos suelen acercarse al sacramento de la penitencia para recibir del
sacerdote el perdón de sus culpas. Efectivamente, por voluntad de Cristo el
sacerdote es el ministro de la reconciliación.
Como es sabido, el Salvador resucitado
confirió expresamente a sus discípulos, junto con el don del Espíritu Santo,
el poder de perdonar los pecados. Dijo: "Recibid el Espíritu Santo. A
quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; a quienes se los
retengáis, les quedan retenidas" (Jn 20, 22-23). Este poder divino fue
confiado a algunos hombres, para que los que confiesan sus pecados puedan
recibir, mediante un signo sensible, la certeza del perdón. Este
sacramento se presenta como maravillosa invención de la bondad divina; es fuente
de paz y de alegría.
2. Consciente del designio amoroso de
Dios, san Pablo se consideraba encargado del "ministerio de la reconciliación" y
exhortaba a los cristianos de Corinto: "Dejaos reconciliar con Dios". En efecto,
él sabía que era el embajador de Cristo, más concretamente el embajador
del deseo divino de perdonar, que se reveló plenamente en el sacrificio de la
cruz, cuando Dios nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo (cf. 2 Co
5, 18-20).
El sacerdote ha heredado de los
Apóstoles la noble tarea de reconciliar a los hombres con Dios en el nombre de
Cristo. Como san Pablo, también él, en calidad de embajador de Cristo, exhorta a
los cristianos a reconciliarse con Dios, mediante el sacramento que tiene por
finalidad conceder el perdón. Confío que, sobre todo el este período, los
cristianos sepan acercarse a este sacramento en toda la Iglesia para que reciban
junto con el perdón un nuevo impulso hacia la santidad.
3. El próximo Sínodo, en sus
reflexiones sobre la formación sacerdotal, no dejará de tomar en consideración
la preparación de los futuros ministros de este sacramento tan
importante en la vida de la Iglesia.
Prepararse, en este caso, significa
ante todo desarrollar en sí mismo el sentido del pecado, es decir, la
conciencia de la ofensa que el hombre hace a Dios cuando desobedece su Ley. En
el mundo de hoy el sentido del pecado aparece frecuentemente oscurecido.
El futuro sacerdote debe profundizar en sí mismo la conciencia del grave mal que
el pecado conlleva.
Además, el candidato al sacerdocio
tratará cada vez mejor los sentimientos de Cristo, que adopto una actitud de
gran benevolencia hacia los que cometían el mal, hasta el punto de ser llamado,
el amigo de los pecadores (cf. Mt 11, 19). También él deberá aprender a
cultivar una profunda "simpatía" hacia aquellos que yerran, en el constante
deseo de procurarles la salvación.
Hoy queremos rezar a la Virgen toda
pura y misericordiosa a fin de que el Sínodo favorezca, mediante la formación
sacerdotal, el ejercicio del ministerio de la reconciliación.
© Copyright 1990 - Libreria Editrice Vaticana
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