JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 10 de junio de 1990
Queridos hermanos y hermanas:
1. Esta mañana he tenido la alegría de
conferir la ordenación sacerdotal a 47 jóvenes. Al presentarles mis
felicitaciones por el singular don recibido de Dios, los exhorto a que se
esfuercen por hacer que la gracia recibida mediante la imposición de las manos (cf.
2 Tm 1, 6) fructifique en sus vidas para beneficio del cuerpo de Cristo,
que es la Iglesia (cf. Col 1, 24). Esto lo obtendrán si tratan de
mantenerse dóciles a las sugerencias del Espíritu que obra en ellos.
En efecto, el ministerio sacerdotal se
ejerce en nombre de Cristo, pero es obra del Espíritu Santo, porque
mediante el Espíritu el Salvador transmite su santidad y su vida a la humanidad.
El don del Espíritu Santo, en el momento de la ordenación, es el que hace que el
sacerdote sea capaz de cumplir su misión.
2. La formación sacerdotal, sobre la
que reflexionará el próximo Sínodo es, por lo tanto, una formación en el
ministerio del Espíritu (cf. 2 Co 3, 6. 8). Es necesario que los
candidatos al sacerdocio se acostumbren a vivir y a obrar en íntima unión con
el Espíritu Santo. La formación tiene la finalidad de presentar, en el
momento de la ordenación, hombres "llenos de Espíritu y de sabiduría", según la
petición de san Pedro para la primera ordenación de ministros al servicio de la
Iglesia (Hch 6, 3).
El sacerdote tiene necesidad del
impulso del Espíritu Santo y de su luz en el ejercicio de las diversas
funciones que le son propias. Para anunciar la Palabra, debe implorar
la luz del Espíritu, con la finalidad de comprender el sentido de la doctrina
que debe enseñar, y formularla de manera fiel y adaptada a su auditorio. Cuando
el sacerdote celebra la eucaristía, invoca mediante la epíclesis al
Espíritu Santo para la transformación del pan y del vino en el Cuerpo y en la
Sangre de Cristo, y para que sea eficaz el banquete de comunión. Cuando
administra los sacramentos, obra bajo el influjo del Espíritu Santo, autor
de toda santificación. En la función de pastor, mediante la cual guía a
la comunidad, no puede cumplir su tarea sin abandonarse a la dirección del
Espíritu Santo.
3. Por lo tanto, el sacerdote
iluminado depositará su confianza no en sus propios talentos, sino en la fuerza
secreta del Espíritu Santo, que obra en él para difundir la vida de Cristo en el
corazón de los hombres. Proyectos, programas, esfuerzos personales sólo
producirán frutos mediante la influencia invisible, con frecuencia imprevisible,
y siempre soberana, del Espíritu Santo.
Acostumbrándose a contar con el
Espíritu Santo en el ejercicio de su misión, el sacerdote estará capacitado
también para reconocer y respetar la acción del Espíritu en sus colaboradores
y en todos los miembros de la comunidad cristiana.
Recemos a María, que abrió ampliamente
su propio corazón a la acción del Espíritu Santo, a fin de que obtenga para la
Iglesia sacerdotes que sean verdaderos ministros del Espíritu.
* * * * *
Llamamiento en favor de Liberia
Hermanos y hermanas en el Señor:
Deseo aprovechar la ocasión de este
encuentro festivo para invitaros a añadir una intención especial en vuestras
oraciones. Se trata de implorar del Señor la paz para Liberia, que desde el mes
de diciembre pasado está sufriendo por causa de una sangrienta guerra civil. En
estos días los combates se han intensificado, con un alto número de muertos y
heridos.
Oremos juntos al Señor para que impulse
a las partes que están en conflicto a poner fin a la lucha fratricida, a hacer
callar las armas y a crear un ambiente de concordia y de serenidad en aquella
querida nación africana, tan cercana a nosotros.
Que María, Reina de la paz, nos obtenga
este don.
© Copyright 1990 - Libreria Editrice Vaticana
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