JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 24 de junio de 1990
Queridos hermanos y hermanas:
1. Con la festividad de san Juan
Bautista, que se celebra hoy, la Iglesia nos presenta la figura de un testigo
excepcional de Cristo. En realidad, el deber del testimonio corresponde a la
vida de todo cristiano, pero empeña de modo especial al sacerdote.
Juan Bautista fue testigo de la
venida del Mesías al mundo y del inicio de su obra salvífica en medio
del pueblo de Israel. El sacerdote está llamado a ser testigo de Cristo
resucitado, que invisible pero realmente está presente en su Iglesia,
comprometida en llevar el anuncio del Evangelio a todas las gentes. Para que
dicho testimonio sea eficaz, el sacerdote debe creer, sin titubear, que Cristo
ha vencido la muerte y se ha convertido en el centro de una nueva
humanidad.
2. Queridos, a veces se presenta a la
religión cristiana como una religión de pura resignación, de pasiva aceptación,
lo que disminuiría al hombre, o también se la suele presentar como una religión
exclusivamente centrada en el sufrimiento, lo que oscurecería el horizonte del
pensamiento y de la vida humana. Por el contrario, la religión de Cristo
resucitado es un anuncio de vida, que desarrolla con la vida nueva de
Cristo todas las energías de la persona, y testimonia que el sufrimiento es
el paso hacia una gloria superior.
El acontecimiento de la Resurrección
es lo que dona a la religión cristiana su auténtico rostro. Ciertamente no
suprime la necesidad que tiene el cristiano de revivir la cruz de Cristo y de
sufrir incluso un triunfo provisional de las fuerzas del mal. El mismo
acontecimiento de Juan Bautista, víctima de la valiente proclamación de la ley
de Dios ante los poderosos de la tierra, es iluminador al respecto: eliminado
por Herodes en la oscura prisión de Maqueronte, él es honrado hoy en todas
partes del mundo. La humillación de su aparente derrota ha dejado paso a la
gloria del triunfo. En verdad -como decía de él Jesús- el Bautista ha sido y es
todavía "lucerna ardeos et lucens" (Jn 5, 35).
3. También el sacerdote debe vivir esta
certeza, confirmando en el ejercicio de su ministerio la confianza en la
victoria del Salvador sobre las fuerzas del mal. Él tendrá, por lo tanto,
una mirada optimista sobre el mundo, contando con la acción secreta de la gracia
redentora y superando con la fuerza de su esperanza todas las decepciones y las
sorpresas desagradables.
El sacerdote todos los días debe
abrirse a la alegría que Cristo resucitado quiso fuera definitiva para el
destino humano, para que con ella superara toda tristeza y toda prueba. Este
testimonio de alegría es lo único que está en sintonía con la Buena Nueva, que
sólo puede ser anunciada como mensaje de felicidad.
Recemos ahora a la Virgen María para que los candidatos al sacerdocio, siguiendo
el ejemplo del Precursor de su hijo Jesús, se conviertan en auténticos testigos
de Cristo resucitado y dador de vida.
© Copyright 1990 - Libreria Editrice Vaticana
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