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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 29 de julio de 1990

 

El acontecimiento central de la historia, la encarnación del Hijo de Dios, que nosotros recordamos recitando el Ángelus, pone de relieve la calidad eminente de la persona de María Santísima, pues ella fue colmada de gracia precisamente con vistas a su singularísima cooperación en la vida, en el crecimiento y en la misión de Jesús.

Este ejemplo es incomparable, pero nos ayuda a comprender también la importancia de la calidad de los educadores para la formación sacerdotal. Aquellos que reciben la misión de preparar a los jóvenes para la vida y el ministerio del sacerdote, están llamados a una gran responsabilidad. El próximo sínodo habrá de tener en cuenta esta exigencia, recomendando a los obispos una atenta solicitud en la elección de aquellos sacerdotes que van a dirigir y enseñar en los seminarios.

"Los superiores y profesores de seminarios han de ser elegidos de entre los mejores, y deben prepararse diligentemente con sólida doctrina, conveniente experiencia pastoral y especial formación espiritual y pedagógica" (Optatam totius, 5).

Es verdad que sólo la gracia divina puede hacer que una persona sea capaz de cumplir bien su misión de educador en un seminario o, cuando se trata de religiosos, en una casa de formación. Esta gracia no falta, pues Cristo, que durante su vida terrena se dedicó tan intensamente y, se podría decir, con exclusividad a la preparación de los Apóstoles, sigue cuidando ahora la formación de los sacerdotes y proporciona todas las gracias necesarias para este fin.

Por su parte, los formadores deben estar abiertos a estas gracias y contar con ellas. Han de poseer, por tanto, una intensa vida espiritual y testimoniar una fe sincera que inspire su comportamiento. Este testimonio tiene que estar presente en su modo de pensar y obrar. "Adviertan bien los superiores y profesores ―declara aún el Concilio― que de su modo de pensar y de su manera de obrar depende en gran medida el resultado de la formación de los alumnos" (ib.).

Si ellos viven plenamente su sacerdocio, podrán hacer comprender la belleza de una vida consagrada enteramente a Cristo y confirmar en la gracia de la vocación a los jóvenes que les han sido confiados. Les ayudarán a superar las dificultades en el camino hacia la ordenación sacerdotal y los estimularán a hacer el esfuerzo necesario para prepararse a ella, aceptando las alegrías y los sacrificios que comporta la vida sacerdotal.

Es de desear que los superiores y los educadores constituyan con los seminaristas una verdadera "comunión" de oración, estudio y acción, encaminada a desarrollar la vocación de los jóvenes. Su compromiso personal en la formación intelectual y espiritual, y sus relaciones fraternas con los seminaristas, son sumamente importantes para lograr ese objetivo. Han de promover de manera especial un clima de generosidad y alegría, así como el deseo ardiente de consagrarse plenamente un día a la misión apostólica y pastoral.

Pediremos a María Santísima que nos obtenga, con su intercesión materna, numerosos educadores dotados de cualidades excelentes para la formación de los candidatos al sacerdocio.


Después del Ángelus

A vosotros, amadísimos hermanos y hermanas de América Latina y de España aquí presentes, así como a todas las personas y familias que, desde la Plaza de San Pedro o a través de la radio y la televisión, han participado con nosotros en esta plegaria mariana del “Ángelus”, me es grato saludar cordialmente. Que el don de la sabiduría, esa sabiduría de la que nos habla la Sagrada Escritura en la liturgia de hoy, os ilumine para que sepáis dar sentido cristiano a todas las acciones de vuestra vida. Con afecto os imparto mi Bendición Apostólica.

 

© Copyright 1990 - Libreria Editrice Vaticana

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