JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 12 de agosto de 1990
Entre las tareas del ministerio
sacerdotal está la de la visita a los enfermos, a los cuales proporciona
consuelo moral y espiritual para ayudarles a soportar la prueba de la
enfermedad, y a superarla. Con vistas al próximo Sínodo, queremos reflexionar
brevemente también sobre la formación encaminada a preparar a los sacerdotes
para realizar esta tarea.
Constatamos constantemente en el
Evangelio la atención especial de Jesús hacia los enfermos. Es una
característica de su actividad. "Jesús ―dice san Mateo― recorría todas las
ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del
Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia" (Mt 9, 35). "Una
numerosa multitud afluía para oírle y ser curados de sus enfermedades" (Lc
5, 15).
A través de la compasión a los enfermos
y a los que sufren, Jesús revelaba el amor divino, que se inclina con piedad
infinita sobre todas las miserias humanas. Al mismo tiempo mostraba una
compasión eficaz: no sólo manifestaba su simpatía, sino que procuraba la
curación. Él hacía ver que la omnipotencia divina se pone al servicio de los
hombres, realizando muchos milagros en favor de los enfermos.
El sacerdote está llamado a seguir el
ejemplo de Cristo y a llevar a los enfermos toda la simpatía del Salvador. A
diferencia de Cristo, él no tiene el poder de curar a los enfermos, pero puede
procurarles consuelo moral y espiritual, que los sostendrá en la prueba, y podrá
incluso facilitar o acelerar la curación. Además, el sacerdote implorará y
obtendrá, con la oración, el mejoramiento del estado de salud de los enfermos,
que le están confiados.
Su ministerio pastoral lo lleva a
practicar el amor hacia los más míseros, como lo recomienda el Evangelio. Cada
vez que el sacerdote visita a un enfermo, está invitado a descubrir en él la
misteriosa presencia de Cristo: "estaba enfermo y me visitasteis" (Mt 25,
36). En los sufrimientos del enfermo reconocerá con respeto y amor el misterio
de Cristo crucificado, que se prolonga en las vidas humanas.
En esta perspectiva de la obra de
salvación el sacerdote está llamado a visitar a los enfermos. Jesús multiplicó
las curaciones milagrosas como signos de las curaciones que quería proporcionar
a la humanidad. De la curación del cuerpo no hizo un objetivo absoluto: deseaba
salvar a los hombres del mal. Por ello lo vemos perdonar los pecados al
paralítico antes de curarlo y realizar el milagro para demostrar la realidad de
ese perdón.
El sacerdote tendrá siempre ante los
ojos el objetivo de su misión, la salvación integral del hombre, que es ante
todo de orden espiritual. Será consciente de que la enfermedad es un tiempo de
prueba, pero también de gracia, y animará a los enfermos a aprovechar esta
gracia para acercarse a Cristo, descubrir su misteriosa presencia, aceptar la
voluntad del Padre y ofrecerle con más generosidad sus dolores.
Pidamos a la Virgen María, que tiene un
corazón tan compasivo, que guíe maternalmente a los sacerdotes en sus visitas y
los anime incesantemente en este ministerio tan importante.
Después del Ángelus
Deseo agradeceros, amadísimos hermanos y hermanas de América Latina y de
España, vuestra devota participación en esta bella oración mariana del Ángelus,
mientras os recuerdo la necesidad de cultivar en este merecido tiempo de
descanso los valores del espíritu, entre los que destaca, como se ve en la
liturgia del día, la esperanza en Dios, quien, a pesar de los duros embates de
la vida, está siempre dispuesto a dar su mano protectora.
Me es grato saludar ahora al grupo de Religiosas de la Compañía de Santa
Teresa de Jesús, así como a la peregrinación de la Parroquia de San Joaquín, de
Cieza (Murcia). A vosotros y a todas las personas que se han unido
espiritualmente a nuestra plegaria, a través de la radio o la televisión,
bendigo de corazón.
© Copyright 1990 - Libreria Editrice Vaticana
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