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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Jueves 1 de noviembre de 1990
Solemnidad de Todos los Santos

 

Queridos hermanos y hermanas:

1. Los santos, de los cuales recordamos hoy "en una única fiesta los méritos y la gloria" (oración colecta), son aquellos que hicieron del anuncio de las bienaventuranzas un programa de vida. Creyeron en la palabra divina y en su promesa, confiando en que ella no traicionaría sus esperanzas; comprendieron que las bienaventuranzas evangélicas expresan toda la realidad de los dones divinos ofrecidos al hombre por el misterio de la redención. Con las palabras de las bienaventuranzas el Hijo de Dios viviente anunció nuestra reconciliación, pues precisamente en Él, y sólo en Él, podía hallar plena satisfacción el amor eterno del Padre.

2. El término "beato" indica además un programa de vida y un signo de la cercanía de Dios a cada hombre que sufre en el mundo y revive en su propia historia el misterio de la cruz de Cristo. Los santos supieron ver una presencia especial de Cristo en la pobreza y la aflicción, en la mansedumbre y la misericordia, en la necesidad extrema de justicia y en la pureza de corazón.

De estas situaciones, que de alguna manera indican otros tantos capítulos de la vida de Jesús, los santos recogieron una enseñanza, convencidos de que las bienaventuranzas se refieren a todos aquellos que quieren ser discípulos del Señor.

3. A estas mismas consideraciones nos lleva de nuevo la conmemoración de todos los fieles difuntos.

Recordamos a nuestros muertos con el afecto que les debemos por los lazos de la sangre, de la amistad o de la gratitud. Su paso a la vida eterna no destruye los vínculos construidos en la tierra, sino que los exalta en la comunión con Dios. Recordamos sus virtudes y sus ejemplos y elevamos por ellos oraciones de sufragio.

Recordamos, en particular, a todos aquellos que han encontrado en estos días la muerte a causa de la enfermedad la guerra o accidentes de tráfico o de trabajo.

Con todos vosotros, especialmente con los fieles de Roma, espero encontrarme esta tarde en el cementerio "El Verano" para la celebración del sacrificio eucarístico.

Os invito ahora a la plegaria del Ángelus, cotidiano anuncio de bienaventuranza, que nos acerca a la madre de los santos, a la que se llama "bienaventurada" en el evangelio porque creyó.


Después del Ángelus

Deseo saludar cordialmente a las Comunidades Neocatecumenales de Madrid y Cuenca, que han venido a Roma para hacer su profesión de fe proclamando el Credo ante la tumba del Apóstol Pedro.

Os aliento, amadísimos hermanos y hermanas, a continuar en vuestro camino neocatecumenal haciendo siempre de Cristo el centro de vuestra vida y sabiéndolo dar a los demás mediante vuestra palabra y constante testimonio de amor.

Que la Santísima Virgen, a cuyos pies os vais a postrar en Loreto, os proteja siempre con su cuidado maternal, mientras, como prenda de abundantes gracias divinas, os bendigo de corazón

 

© Copyright 1990 - Libreria Editrice Vaticana

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