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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Sábado 8 de diciembre de 1990
Solemnidad de la Inmaculada Concepción

 

Queridos hermanos y hermanas:

1. Nuestro pensamiento se dirige ahora, con la plegaria del Ángelus, a la Inmaculada, la "llena de gracia", preservada de toda mancha de pecado desde el primer instante de su concepción porque estaba destinada a ser la Madre de Dios. En ella triunfa el Poder misericordioso que acaba con el dominio de Satanás, y en su seno inmaculado se hace hombre el Redentor del mundo.

Por tanto, ¡la Inmaculada Concepción es un don extraordinario y un privilegio inefable! Gracias a él, la Virgen precede a la Iglesia y le recuerda continuamente el proyecto de la salvación, que la liturgia de hoy evoca con las palabras de Pablo a los Efesios: en Cristo el Padre "nos ha elegido antes de la fundación del mundo para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor" (Ef 1, 4).

2. María se nos presenta así como primicia de los redimidos y su modelo precisamente porque, liberada totalmente de la esclavitud del mal y hecha objeto de especial predilección divina anticipa en su vida el camino del pueblo salvado por Cristo. María se inclina hacia nosotros como Madre solícita y previsora. Para todos es como un "espejo", un icono viviente en el que se reflejan de modo limpio y profundo las maravillas de Dios (cf. Redemptoris Mater, 25).

3. Os invito, queridos fieles de Roma, así como también a vosotros, peregrinos y huéspedes de la ciudad, a celebrar con alegría esta gran solemnidad mariana que se coloca en el tiempo del Adviento en preparación a la Navidad. Os invito, en particular, a uniros conmigo esta tarde para rendir el homenaje tradicional a la Inmaculada en la plaza de España y para participar en la celebración eucarística en la patriarcal basílica de Santa María la Mayor. Así elevemos desde Roma, donde está tan arraigado el culto a la Inmaculada, una oración intensa y coral, una ardiente imploración de misericordia y de paz para todos los pueblos del mundo.

¡Tú, Abogada de la humanidad y Madre de la Iglesia, obtén justicia para los débiles y oprimidos, alivio para los enfermos y para los que sufren, serenidad y gracia para todos! Intercede por el pueblo que te ha sido confiado, para que la luz del Adviento disipe las tinieblas del odio y del egoísmo que ofuscan las conciencias, y guía a todos los hombres hacia el encuentro con tu Hijo Jesús. Intercede por todos y por cada uno, oh Virgen María, ya que no hay debilidad humana que tu mirada purísima no sepa comprender y perdonar.

 

© Copyright 1990 - Libreria Editrice Vaticana

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