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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Martes 1 de enero de 1991
Solemnidad de Santa María Madre de Dios
Día mundial de la Paz

 

 

1. "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno".

Queridos hermanos y hermanas:

Estas palabras de Isabel convienen muy bien a la actual solemnidad litúrgica de la divina maternidad de la Virgen.

En efecto, celebramos a María como "Madre de Dios", Madre siempre virgen del Verbo encarnado, según la palabra de la revelación y la enseñanza del Magisterio de la Iglesia. De su maternidad le derivan los singulares privilegios de la Inmaculada Concepción y de la Asunción al cielo.

La súplica del pueblo cristiano: "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores", es un eco del saludo angélico.

Madre de Dios
y Madre de la humanidad,
Madre de la Iglesia y
Madre de cada uno de nosotros:
¡nadie recurre a ti en vano;
a nadie dejas defraudado,
olvidado o abandonado!
Por eso, te invocamos
con transporte filial y confiado.
¡Permanece a nuestro lado!
¡Tú eres nuestra Madre!

2. Se celebra hoy la Jornada mundial de la paz, que este año tiene como lema: Si quieres la paz, respeta la conciencia de cada hombre.

La solemnidad de la maternidad divina de María nos recuerda también que Cristo, al encarnarse, se ha hecho luz de las mentes y de las conciencias de los hombres. Gracias a Él, la persona puede mirar al futuro con esperanza; gracias a Él, llega a ser capaz de perdón y de amor. En Cristo, y sólo en Él, el creyente encuentra el camino que conduce a la reconciliación auténtica con el Padre y con los hermanos; y aquí está la fuente de la paz.

3. "¡Cristo es nuestra paz!" (Ef 2, 14). En este día tan singular, deseo para cada uno de vosotros esa paz que Cristo ha venido a traer.

Que reine la paz en el corazón de los hombres y en las familias; en los lugares de trabajo y de descanso; en las comunidades y en las naciones.

Paz también para la amada ciudad y diócesis de Roma.

Paz para todos los pueblos. Ojalá que, gracias al compromiso de todos aquellos sobre quienes recae la responsabilidad del destino de las naciones, los esfuerzos en favor de la paz alcancen el éxito.

Con sentimientos de congoja, mis mejores anhelos se dirigen a Oriente Medio, esperando que 1991 sea para todos un año de paz y no de guerra.

Mis deseos se hacen súplica, que encomiendo a la intercesión de la Virgen, a quien pido prosperidad serena para todos en este nuevo año que la Providencia nos regala.

No puedo menos de manifestar mi gran preocupación y mi dolor por la suerte inhumana de algunos de nuestros hermanos inocentes, que desde hace demasiado tiempo se encuentran prisioneros con fines de extorsión. La tristeza se ha hecho más angustiosa aún al tener noticia de que también en estos últimos días se han llevado a cabo nuevos episodios de secuestros. Todo ello aflige el corazón, pues se trata no sólo de una plaga social, sino también y sobre todo de un pecado grave del que se ha de dar cuenta a Dios.

Invito a todos a orar conmigo a fin de que no se repitan más esos actos de violencia: que el Señor toque el corazón de los responsables de esas extorsiones, que deshonran y descalifican su conciencia de hombres y de ciudadanos de una comunidad civil; que Él les haga retroceder de sus planes criminales, restituyendo a las personas secuestradas y tan duramente probadas a sus familiares, y devolviéndoles la libertad a la que tienen derecho.

 

© Copyright 1991 - Libreria Editrice Vaticana

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