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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 26 de mayo de 1991

 

 

1. "La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros" (2 Co 13, 13).

Queridos hermanos y hermanas, en este domingo que la liturgia dedica a la Santísima Trinidad, también yo os dirijo este deseo trinitario que san Pablo manifestaba a los cristianos de Corintio. Lo dirijo, en particular, a los nuevos sacerdotes a quienes hace poco he tenido la alegría de imponer las manos, consagrándolos en el nombre de la Santísima Trinidad para el servicio de la Iglesia.

Hoy estamos invitados a meditar sobre la realidad suprema de Dios, que nos reveló el Verbo encarnado. Fiándonos de la palabra divina de Jesús, creemos en Dios Padre, que es potencia creadora absoluta y eterna; creemos en Dios Hijo, Verbo consustancial al Padre que, al encarnarse en el seno de la Virgen María, asumió un alma y un cuerpo como los nuestros y que murió en la cruz por la salvación de la humanidad creemos en Dios Espíritu Santo, persona increada que procede del Padre y del Hijo como su amor eterno, "Consolador" que Jesús prometió a su Iglesia peregrina en el mundo.

¡Oh Santísima Trinidad, te agradecemos esta revelación suprema e inefable!

2. El misterio, sin embargo, sigue siendo insondable en sí mismo e inaccesible. Misterio de amor, misterio de luz, pero también misterio de trascendencia infinita: "De cierto que tú eres un Dios oculto" (Is 45, 15). Por eso, la meditación y el reconocimiento han de ir acompañados siempre por la adoración; ésta, a su vez, debe traducirse en el testimonio de la comunión fraterna, que hace que los creyentes sean "uno". Todos, en efecto, recordamos la oración apremiante de Jesús: "Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado" (Jn 17, 21).

3. ¡Que María Santísima, a quien ahora imploramos juntos y que fue, ciertamente, la adoradora más perfecta de la Santísima Trinidad, ilumine, sostenga y acompañe nuestra fe!

Formulo votos para que los nuevos sacerdotes, consagrados para siempre ministros de Dios uno y trino, imiten siempre con fervor a María Santísima en la adoración de la Trinidad y en su anuncio a los hermanos.

¡Deseo cordialmente a todos que la Virgen Santa guíe sus manos en el signo de la cruz mientras pronuncian el nombre sublime y misterioso del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo!

* * *

Después del Ángelus

Dirijo ahora un saludo a los parientes y amigos de los sacerdotes recién ordenados en la basílica. Espero que la alegría de esta jornada sea precursora de nuevas vocaciones para las respectivas comunidades diocesanas y religiosas.

Saludo luego a los muchachos que, procedentes de diversas naciones, han participado en la octava edición del Torneo internacional estudiantil de rugby para menores de 15 años, así como a los peregrinos de "Città di Castello" y a los neocatecúmenos de algunas parroquias de Venecia, Trieste, Bolzano y Padua, que han venido a Roma, a la tumba de Pedro, con la finalidad de consolidar su fe.

Imparto a todos mi bendición apostólica.

 

© Copyright 1991 - Libreria Editrice Vaticana

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