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JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 30 de junio de 1991
Queridos hermanos y hermanas:
1. Durante el mes de junio que se concluye hoy hemos tenido
la posibilidad de reflexionar sobre el misterio del amor de Dios que se
manifestó al mundo en el Corazón de Cristo; y precisamente el día de su fiesta
celebramos «las grandes obras» que esté Corazón realizó por nosotros. Sabemos y
creemos que el Señor Jesús nos amó y nos ama con un amor eterno y
misericordioso, y por esta razón nos colma de todos los dones de la gracia.
Hoy en la plegaria del Ángelus, queremos detenernos a considerar la
vocación del cristiano como respuesta a este amor. Esta respuesta se concreta,
sobre todo, a través de la oración y el sufrimiento reparador.
2. El misterio de la Redención, que se realiza en la cruz,
permanece siempre vivo en la Iglesia, que es consciente de que cada uno de sus
hijos debe asumir su parte de sufrimiento para reparar, junto con Cristo los
pecados del mundo. Por tanto, anuncia a la humanidad las riquezas del Corazón de
Jesús e invita a acercarse con plena confianza al trono de gracia para hallar
ayuda en el momento oportuno (cf. Hb 4, 16); pide, asimismo, que los
cristianos compartan la caridad infinita del Redentor y participen en su obra
para la salvación del mundo.
¡Cuántos cristianos generosos, tocados por esta invitación, han
sabido y saben ofrecerse en unión con Cristo, como víctimas para la salvación de
sus hermanos y completan en su propia carne lo que falta a sus tribulaciones, en
favor de su Cuerpo, que es la Iglesia (cf. Col 1, 24)! Su ejemplo así
como recorre toda la historia de la Iglesia, es todavía válido y estimulante.
3. Que esta breve alusión al significado fundamental que el
Corazón de Jesús tiene en la economía de la Redención nos lleve a comprender
mejor el deber de la reparación por las ofensas que se hacen a Dios. La
contemplación del Corazón de Cristo paciente e infinitamente misericordioso, nos
impulsa hacia esa medida superior del amor que se expresa en la participación en
el sufrimiento y el compromiso de expiación.
La Virgen María, presente a los pies de la cruz, es para todos
nosotros el modelo más elevado por su participación directa en la pasión de
Cristo, de cuyo Corazón lacerado se derrama sobre el mundo la gracia que salva.
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