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JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Castelgandolfo Domingo 13 de septiembre de 1992
1. La fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María que
celebramos el martes pasado, nos ha hecho meditar de nuevo sobre la vida de esta
criatura singular, que Dios ha llamado a realizar un papel tan importante en la
obra de la Redención, y así nos ha llevado a reflexionar, en particular, sobre
el misterio de la Inmaculada Concepción.
Teniendo todavía vivo en el espíritu el eco de esa bella festividad y deseando
rendir homenaje a la Virgen en tan inefable privilegio vamos hoy en
peregrinación espiritual a Nicaragua, nación que se honra de tener como
patrona precisamente a «La Purísima».
2. El Episcopado y las autoridades civiles de Nicaragua me
han invitado a hacer una visita a esa nación, el próximo mes de octubre, durante
mi viaje apostólico a Santo Domingo. Otras invitaciones me han llegado
igualmente de diversos países latinoamericanos. He apreciado mucho dichas
propuestas, que agradezco muy sinceramente pero, a pesar mío, no me es posible
corresponderles en esta ocasión. Confío, sin embargo, que la Providencia me
concederá la oportunidad de aceptar dichas invitaciones en el futuro.
Mientras tanto, quiero aprovechar este domingo para visitar, al
menos espiritualmente, a las queridas poblaciones de Nicaragua, para postrarme
ante la imagen de la Inmaculada Concepción, que se venera en el santuario
de la ciudad de El Viejo, diócesis de León, departamento de Chinandega a unos
140 kilómetros al occidente de la capital Managua.
Me uno gozosamente a las multitudes de peregrinos que acuden al
santuario, movidas por una viva devoción hacia la Virgen Santísima, a quien
desean confiar penas y esperanzas del espíritu y pedir la ayuda necesaria en las
diarias dificultades de la vida.
3. Imploro, en particular, a la Purísima Concepción el
don de la paz, de la reconciliación y de la prosperidad para el pueblo
nicaragüense, al que envío mi afectuoso y solidario saludo, en esta hora de
sufrimiento para tantas poblaciones afectadas por el reciente maremoto.
Pido, al mismo tiempo, a la Virgen que la ya inminente Conferencia
de Santo Domingo, centrando su atención en Cristo salvador, logre dar un
impulso decisivo a la nueva evangelización en todo el continente, de forma
que contribuya dinámica y eficazmente a la promoción humana y cristiana del
hombre latinoamericano.
Que María Santísima, Madre inmaculada, ilumine y guíe el camino de
esos pueblos y de toda la Iglesia hacia la realización cada vez más plena del
mensaje evangélico, fuente de fraterna concordia en el tiempo y anuncio de
segura esperanza para la eternidad.
* * *
Después del Ángelus
Saludo ahora muy cordialmente a todos los peregrinos y
visitantes de lengua española.
Mientras os encomiendo a la maternal protección de la Santísima Virgen, imparto
a vosotros y a vuestras familias la Bendición Apostólica.
Llamamiento por el diálogo y la reconciliación en Somalia
Las imágenes dramáticas que han llegado recientemente de la querida
Somalia, gravemente probada por luchas internas, por la carestía y por el
hambre, nos han entristecido profundamente a todos. Parece, sin embargo, que en
estos días empiezan a surgir algunos motivos de esperanza.
La solidaridad humana, a pesar de las persistentes dificultades,
comienza a manifestarse mediante el esfuerzo concreto de organizaciones
internacionales, de algunos Gobiernos, de asociaciones, grupos y personas de
buena voluntad.
Mi pensamiento y mi bendición van a todos los que trabajan en esta
delicada obra de socorro y de paz.
Deseo, asimismo, apoyar todas las iniciativas que pueden favorecer
un diálogo constructivo entre las diversas partes implicadas, a fin de que las
armas den paso cuanto antes a los instrumentos de la reconstrucción.
A este respecto, dirijo en particular un llamamiento apremiante a
los responsables del país, para que se acabe con estos indecibles sufrimientos y
se ponga en marcha un proceso de diálogo y reconciliación.
Os invito, por último, a todos vosotros a uniros a mi oración a
María, a fin de que el querido pueblo somalo recupere pronto la paz y la unidad,
y a todos se les garanticen los derechos humanos fundamentales.
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Editrice Vaticana |