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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Plaza de San Pedro
Domingo 25 de octubre de 1992

 

Queridos hermanos y hermanas:

1. «Engrandece mi alma al Señor». Las palabras de María Santísima, a quien nos vamos a dirigir con la plegaria del Ángelus, expresan bien el gozo que embarga nuestro espíritu en este día bendito en el que numeroso mártires, hijos de nuestro siglo, fieles al Evangelio hasta la efusión de su sangre, han sido elevados al honor de los altares. En cada uno de ellos resplandece la santidad de la Iglesia. Sanguis martyrum semen christianorum.

En la legión de los nuevos beatos merece una atención particular el nutrido grupo de los mártires de Barbastro. Todos en efecto, procedían del mismo seminario de los religiosos claretianos. Muchos eran clérigos que ya estaban a punto de recibir la ordenación sacerdotal. Durante la guerra civil española fueron acusados con pretextos y luego, asesinados a sangre fría. Nos conmueve el hecho de que hayan sido llamados a dar testimonio de Cristo no aisladamente, sino de modo comunitario, constituyendo así, en cierto sentido, «un seminario-mártir». Dicho acontecimiento adquiere un significado singular en este mes de octubre, porque en muchas partes del mundo los seminarios reanudan su actividad académica y formativa.

2. La Iglesia, que se preocupa por la formación de los futuros presbíteros, mira con admiración a seminarios como el de Barbastro. Y precisamente al tema de la formación sacerdotal en las circunstancias actuales he querido dedicar la reciente exhortación apostólica Pastores dabo vobis. Queridísimos hermanos y hermanas, oremos al buen Pastor, por intercesión de María, a fin de que esa exhortación, gracias a la riqueza de sus indicaciones, sea para los seminarios diocesanos y religiosos una fuente de inspiración fuerte para el compromiso formativo y la renovación de vida.

Ojalá que las comunidades eclesiales y sus respectivos pastores saquen de esa exhortación un espíritu fuerte de valentía y confianza en Cristo redentor. Tenemos necesidad urgente de este espíritu especialmente en el momento histórico que estamos viviendo, marcado por muchas dificultades en el campo de la pastoral vocacional y de la formación de los seminaristas.

Muchas son las causas de esas dificultades, pero no cabe duda que destaca entre ellas el espíritu del tiempo que es contrario al espíritu de Dios. Se asiste hoy a una especie de estrategia que tiende a disuadir a los jóvenes de hacerse sacerdotes y de entregarse completamente a Cristo en el celibato, entrega que está estrechamente relacionada con el ministerio presbiteral. Así pues, es sumamente necesaria una mayor colaboración con el Espíritu que «da vida» mediante la oración y la predisposición de ambientes educativos, en los que el Evangelio se viva plenamente. En cuanto a las vocaciones sacerdotales, es igualmente necesario un intercambio de dones más intenso entre las Iglesias: la comunidad cristiana es y debe ser misionera en todas partes y de múltiples formas.

3. Queridísimos hermanos y hermanas, unidos a la Madre del único Sacerdote y Pastor, Madre también de todos los sacerdotes y de los pastores de la Iglesia, encomendemos hoy al Señor los seminarios del mundo entero: a los superiores, a los profesores y a los seminaristas. Oremos, en particular, por el florecimiento de nuevas vocaciones.

Sanguis martyrum semen christianorum. Que el martirio, aceptado con entereza por los claretianos de Barbastro en su camino hacia el sacerdocio constituya un fermento de renovación para las vocaciones y los seminarios de todas las naciones. El Señor otorgue a la Iglesia pastores según su corazón. El testimonio luminoso de los mártires, que hoy veneramos, haga que cada uno esté dispuesto a ofrecer su contribución a la gran obra de la formación sacerdotal.

María, Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros.

* * *

Después del Ángelus

Me complace saludar ahora a los numerosos peregrinos, venidos de España, de Colombia y del Ecuador para asistir a la Beatificación de los Siervos de Dios: Braulio María Corres, Federico Rubio y compañeros Mártires, Hospitalarios de San Juan de Dios; Felipe de Jesús Munárriz y compañeros Mártires, Misioneros Hijos del Corazón Inmaculado de María; y Narcisa de Jesús Martillo Morán, joven laica del Ecuador. Deseo dirigir un saludo particular a los familiares de los nuevos Beatos, a los Obispos de las diócesis de origen, así como a las Autoridades que han querido participar en esta solemne ceremonia.

Que el ejemplo de su vida y la respuesta total y heroica a la llamada divina os ayude a todos, sacerdotes, religiosos y fieles laicos, a una mayor entrega a Dios y a los demás a través de la propia vocación. Que en cada una de vuestras comunidades eclesiales se viva, como lo hicieron estos Mártires y la Beata laica ecuatoriana, la profundidad del amor divino, manifestado por medio de la abnegación, la misericordia y el perdón.

Al agradecer vuestra presencia aquí, os imparto con afecto mi Bendición, que hago extensiva a vuestros familiares ancianos y enfermos, así como a los religiosos y comunidades eclesiales que estáis especialmente vinculados con los nuevos Beatos.

 

© Copyright 1992 - Libreria Editrice Vaticana

 

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