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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Plaza de San Pedro
Domingo 1 de noviembre de 1992
Solemnidad litúrgica de Todos los Santos

 

Queridos hermanos y hermanas:

1. La solemnidad litúrgica de todos los santos nos invita a levantar la mirada hacia el cielo para contemplar la legión innumerable de quienes respondieron plenamente a la gracia y ahora «están delante del trono de Dios» (Ap 7, 15), cantando eternamente su gloria.

Ellos forman la «ciudad santa», que con mucho gusto contemplamos como nuestra meta definitiva, mientras somos peregrinos en la «ciudad terrena», cansados por las dificultades del camino.

Hoy queremos levantar la mirada hacia el cielo no para olvidar las aflicciones de la tierra, sino para afrontarlas con más valentía. Los santos, testigos elocuentes de la acción sobrenatural de Dios en la vida del hombre, nos señalan la meta definitiva de la historia, cuando el Señor «haga un mundo nuevo» (Ap 21, 5).

2. La solemnidad de hoy nos ayuda a tomar conciencia de la vocación común a la santidad. No es un hecho casual que entre los santos que la Iglesia venera haya personas de todas las edades, de todos los pueblos y de toda condición social. Por lo demás, también son «santos» los que viven y mueren manteniéndose fieles a la voluntad divina.

El mundo tiene necesidad urgente de una primavera de santidad que acompañe los esfuerzos de la nueva evangelización, y ofrezca un sentido y un motivo de confianza renovada al hombre de nuestro tiempo, a menudo defraudado por promesas vanas y tentado por el desaliento.

Los hijos de la Iglesia están llamados a responder a este desafío mediante un compromiso de santificación serio y diario, «en las condiciones, ocupaciones o circunstancias de su vida... haciendo manifiesta a todos, incluso en su dedicación a las tareas temporales, la caridad con que Dios amó al mundo» (Lumen gentium, 41).

3. En ese arduo pero exaltante itinerario espiritual nos ayudan nuestros hermanos del paraíso, a los que nos une no sólo el recuerdo devoto, sino también una comunión vital y profunda, realizada por el Espíritu Santo, que edifica sin cesar la Iglesia como «cuerpo de Cristo». Se trata de una comunión que se extiende también a cuantos han muerto en el signo de la fe, pero, necesitados de la misericordia pacificadora del Padre celeste, esperan en el purgatorio poder gozar de la luz de su rostro. En un misterioso intercambio de dones, ellos interceden por nosotros y nosotros ofrecemos por ellos nuestra oración de sufragio.

Amadísimos hermanos y hermanas, os invito a uniros espiritualmente conmigo esta tarde cuando, siguiendo una tradición ya consolidada, me dirija al cementerio de Verano para celebrar la santa eucaristía con el fin de impetrar una efusión de misericordia divina sobre todos nuestros queridos hermanos difuntos. Que la Virgen Santísima interponga su intercesión maternal, haciéndose una vez más para sus hijos «signo de esperanza cierta y de consuelo» (Lumen gentium, 68).

* * *

Después del Ángelus

Oración por las religiosas asesinadas en Liberia

Encomendemos ahora en nuestra oración a las cinco religiosas de la congregación de las Adoratrices de la Sangre de Cristo, asesinadas bárbaramente en Monrovia, capital de Liberia, donde dedicaban su vida al anuncio del Evangelio y al servicio de los hermanos. Juntamente con ellas fueron asesinadas también cuatro liberianas, aspirantes a la vida religiosa. A pesar del grave peligro que corrían, las religiosas habían permanecido hasta el último momento junto a la población amenazada por los violentos enfrentamientos que tenían lugar en esa ciudad.

El Señor acoja en su gozo a las religiosas fallecidas y dé consuelo a sus familias y a sus hermanas religiosas. Elevemos a Dios nuestra oración para que su sacrificio suscite propósitos e iniciativas concretas de diálogo y de paz en todos aquellos que pueden influir en los destinos de ese martirizado país.

Oración por la paz en Bosnia-Herzegovina

La UNICEF ha pedido que se produzca en Bosnia-Herzegovina una «semana de tranquilidad», gracias a la suspensión de los combates desde el día 1 hasta el 8 de noviembre, para llevar las ayudas más urgentes, ante la inminencia del invierno, a los millares de niños, expuestos más que nadie a las penosas consecuencias del conflicto.

Tanto las partes en lucha como los responsables religiosos de la zona han asegurado su apoyo y su plena colaboración. ¡Ojalá que esta tregua, convocada en nombre de la infancia inocente, constituya el preludio de la paz tan deseada!

Con la firme convicción de que la guerra es inútil para resolver los problemas, pues ocasiona daños incalculables sobre todo a las personas más débiles e indefensas, quisiera invitar a todos los creyentes a orar por el éxito de esta noble iniciativa y a dirigir un nuevo llamamiento a quienes tienen responsabilidades políticas, a fin de que se evite que aumenten los sufrimientos de esas poblaciones y se prosiga en la búsqueda de soluciones honrosas y justas, mediante negociaciones.

 

© Copyright 1992 - Libreria Editrice Vaticana

 

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