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JUAN PABLO II
REGINA CAELI
Domingo 17 de mayo de 1992
Queridos hermanos y hermanas:
Ha llegado el momento de rezar la hermosa antífona del Regina
coeli, que expresa de forma magnífica la alegría de la Madre del Señor por
la resurrección de su Hijo y, con ella y en ella, la alegría de la Iglesia y de
todos nosotros.
Hoy, de modo especial, la Iglesia se alegra con María al ver
elevados al honor de los altares al beato Josemaría Escrivá de Balaguer y a la
beata Josefina Bakhita.
La Iglesia se alegra por ambos, por el hecho de que se han
encontrado hoy para esta beatificación en la plaza de San Pedro. Es un encuentro
muy significativo para nosotros y para todo el mundo.
Este hermano nuestro y esta hermana nuestra en Cristo alimentaron
constantemente su vida espiritual con una fervorosa y auténtica devoción a la
Madre de Dios.
También en los últimos momentos de su vida terrena monseñor Escrivá
dirigió una intensa mirada al cuadro de la Virgen de Guadalupe que tenía en su
habitación, para encomendarse a su intercesión maternal y pedirle que lo
acompañara hacia el encuentro con Dios. De la misma forma, las últimas palabras
de sor Bakhita fueron una invocación estática a la Virgen: «¡La Virgen! ¡La
Virgen!», exclamó, mientras la sonrisa le iluminaba el rostro. Por eso, su
encuentro hoy para esta beatificación en la plaza de San Pedro es tan
significativo para la Iglesia.
También nosotros a la luz de su ejemplo estamos invitados a mirar e
invocar a María, sobre todo en este mes consagrado a ella en especial rezando el
santo rosario. En esta oración la Virgen guía nuestra meditación hacia los
principales misterios de la Redención. Así, pues, la fe de María ha de ser
también la nuestra; y su alegría debe ser igualmente la nuestra.
Y como ella es «causa nostrae laetitiae», esforcémonos por ser también nosotros
la alegría de María, a fin de alcanzar, con ella, la Reina del cielo, la patria
bienaventurada.
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