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VISITA APOSTÓLICA A NOLA, CASERTA Y CAPUA

JUAN PABLO II

REGINA CAELI

Domingo 24 de mayo de 1992

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Ya es mediodía. Ha llegado el momento de orar juntos a la Virgen María, de la que sé que sois muy devotos, como lo atestiguan los numerosos santuarios dedicados a ella en vuestra tierra. Los santuarios son signos visibles de la presencia invisible de la Madre del Señor en medio del pueblo cristiano. En ellos la bienaventurada Virgen María invita a los fieles a cantar como ella, el poder y la misericordia de Dios (cf. Lc 1, 46-55) y a celebrar el culto del Señor en espíritu y verdad (cf. Jn 4, 23).

En esta perspectiva, me complace subrayar que Capua Antigua es una ciudad de la Virgen: desde hace siglos, el nombre de María se halla unido al nombre de la ciudad. Me alegra recordar, también, el santuario de la Virgen de Leporano que, desde el siglo XV hasta hoy, es meta constante de peregrinaciones.

En la diócesis de Nola, que visité ayer, es característico el santuario de la Virgen del Arco, al que acuden durante todo el año, y especialmente en tiempo de Pascua, peregrinos de todos los rincones de vuestra región. Y, luego, está el santuario de Santa María Consoladora del Carpinello, en Visciano, conocido también fuera de Italia, incluso en América central y en América del Sur.

De la diócesis de Caserta, que también he visitado en este viaje apostólico, me es grato recordar la catedral, convertida en santuario de la Virgen de los Dolores, para honrar la participación de la Madre en la pasión redentora de Cristo, su Hijo y deseo asimismo hacer mención del santuario de Santa María Madre de la Iglesia, erigido en el monte San Miguel, en la localidad de Maddaloni.

2. Amadísimos hermanos, los santuarios marianos nos deben recordar que la Virgen Santa es el primero y el principal santuario de Dios. Los antiguos escritores de la Iglesia, reflexionando sobre el hecho de que María de Nazaret había llevado en su corazón y en su seno al Hijo de Dios, la llamaron Arca de la Alianza porque contenía en sí no las tablas de la Ley y la urna con el maná (cf. Hb 9, 4), como el arca antigua, sino al Autor mismo del Evangelio y al Pan verdadero bajado del cielo (cf. Jn 6, 32-33).

Pero también todo discípulo de Cristo en virtud de la gracia sacramental del bautismo, se ha convertido en templo santo del Señor: «¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?» (1 Co 3, 16).

Amadísimos hermanos y hermanas pidamos a la Virgen que nos haga capaces de amar al Señor y de cumplir fielmente su palabra. De esa forma, también en nosotros habitará el poder del Espíritu de Dios: seremos su morada, su santuario como María, a la que juntos invocamos ahora.

 

© Copyright 1992 - Libreria Editrice Vaticana

 

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