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JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 10 de enero de 1993
Queridos hermanos y hermanas:
1. Al término de este encuentro de oración en Asís que comenzó
con la vigilia de ayer y ha proseguido esta mañana con la celebración de la
santa misa, siento el deber de compartir con vosotros que habéis participado en
ella con tanto fervor superando incomodidades y dificultades, un sentimiento
profundo de agradecimiento al Señor por la gracia especial que nos ha concedido
a cada uno de nosotros.
En efecto, el llamamiento que dirigí el 1 de diciembre del año
pasado, junto con los representantes de los Episcopados de Europa, ha encontrado
una respuesta unánime y generosa en la Iglesia católica, y ha tenido eco por
parte de las otras Iglesias y comunidades eclesiales cristianas, así como de los
representantes del judaísmo y del islam. Éste es un signo claro de que la
conciencia de los hombres y las mujeres sensibles a los valores religiosos y de
cuantos buscan el bien de la humanidad está cada vez más atenta a los problemas
del hombre que sufre, víctima de conflictos, cuyas razones y objetivos no
comprende. En todos se agudiza el sentido del compromiso para poner fin a
cualquier tipo de guerra y alcanzar una paz fundada en la justicia y en la
reconciliación mutua.
Esta conciencia, que nace de la profundidad de nuestra respuesta
a Dios, ¿acaso no es un don del Señor? Sí, es un don del Señor, como lo es la
paz a que aspiramos y por la que nos hemos reunido de nuevo aquí en Asís.
Que Dios nos conceda la gracia de ser cada vez más fieles a este
servicio desinteresado y urgente en favor de la paz. Dicho servicio es
característico de toda actitud religiosa auténtica y constituye un signo
distintivo para los discípulos de Cristo, a los que Él la víspera de su pasión,
quiso confiarles la paz como su propia herencia (cf. Jn 14, 27).
2. En este marco de fraternidad espiritual deseo además dar las
gracias a cada uno de los participantes: a los señores cardenales, a los
hermanos en el episcopado a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas
y, sobre todo, a los jóvenes tan numerosos, evidentemente preocupados por la paz
y comprometidos en buscarla y construirla efectivamente.
Mi agradecimiento se extiende a los hermanos y hermanas de las
otras Iglesias y comunidades eclesiales cristianas que nos han acompañado desde
el principio de esta jornada: su presencia en Asís subraya una vez más, de modo
visible, la dimensión ecuménica del compromiso por la paz.
Vaya mi agradecimiento más sentido a los representantes del
islam por su participación en la vigilia de anoche. También saludo con afecto a
nuestros «hermanos mayores», los judíos, unidos a nosotros espiritualmente para
implorar a Dios el don precioso de su justicia y su paz.
El acontecimiento de ayer nos ha permitido revivir aquella
inolvidable Jornada de oración, celebrada en octubre de 1986 en este mismo
lugar, imbuido por el espíritu de Francisco, peregrino y apóstol de paz. Este
reencuentro nos ha permitido apreciar nuevamente los lazos profundos que nos
unen en el servicio a la causa del hombre y de sus aspiraciones más legítimas.
3. Este encuentro ha estado dedicado particularmente a la
oración por la paz en Europa, teniendo presente ante todo la grave situación de
las poblaciones de los Balcanes. Lo hemos vivido juntos. A nosotros se han unido
las Iglesias particulares de todo el continente europeo. Nuestro objetivo común
ha sido el de manifestar y hacer fructificar la preocupación constante que nos
anima por quienes sufren a causa de la ceguera y la dureza de corazón de otros
hombres; por quienes ―niños, hombres o mujeres, ancianos, civiles inermes,
individuos y pueblos― están obligados a pagar el triste precio de la guerra, no
querida, pero padecida.
Nuestro interés quiere ser un interés efectivo y concretado en
una oración ferviente e incesante, al que debe seguir una acción desinteresada
de ayuda y apoyo humanitario. Quiere ser, además, un compromiso para la
promoción de la cultura de la paz a través de gestos diarios de respeto a los
derechos de los otros y a través de una obra paciente de reconciliación.
Mientras os estoy hablando, en Ginebra se está preparando la
reanudación de las negociaciones de paz para Bosnia-Herzegovina. Que Dios
conceda sabiduría y valentía a todos los participantes en ese encuentro
decisivo, a fin de que se llegue a una solución aceptable para todas las partes,
con vistas a una paz auténtica y durable.
4. Quisiera encomendar todo esto a la intercesión del santo de
Asís, símbolo de la paz. Quisiera, sobre todo, implorar la protección materna de
María Santísima para nuestras aspiraciones y nuestros proyectos de paz. Que la
Virgen nos obtenga de su Hijo divino, hecho hombre, la gracia de ver surgir
finalmente la paz en Europa y en el mundo: una paz que no termine nunca.
Los cirios, que hace unos instantes he entregado a los miembros
de las delegaciones procedentes de las regiones devastadas por la guerra,
quieren ser un símbolo elocuente de la paz, meta universal a la que se ha
orientado todo nuestro encuentro de oración, que ahora está llegando a su fin.
Ojalá que estas llamas tenues de esperanza lleven el consuelo de
la luz y del amor de Dios, única y verdadera fuente de paz, a cuantos viven en
medio de latos y ruinas causados por los persistentes conflictos.
Que María, Reina de la paz, nos acompañe y nos asista. Ahora
todos juntos nos dirigimos a ella.
© Copyright 1993 - Libreria Editrice Vaticana
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