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JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 14 de febrero de 1993
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Quisiera dar gracias al Señor, junto con vosotros, por la
peregrinación apostólica a Benín, Uganda y Sudán, que he tenido la alegría de
realizar los días pasados y de la que hablaré más extensamente el miércoles
próximo durante la audiencia general. Ha sido realmente una ocasión de gracia,
en la que el Espíritu de Dios ha hecho sentir su presencia consoladora y
renovadora.
Tengo aún en mis ojos los rostros de los numerosos hermanos con
quienes me encontré. Conservo un vivo recuerdo de los cantos las danzas, los
colores y, sobre todo, la cordialidad y el profundo sentido religioso de esas
poblaciones. En el mundo que se suele llamar desarrollado, África es poco
conocida aún, o se habla de ella sólo por sus problemas. Y, en cambio, se trata
de una gran reserva de juventud. Es un lugar de encuentro entre grandes
tradiciones culturales y espirituales; es tierra de mártires. En ese continente,
tan probado, existe una gran potencialidad de humanidad y de valores, que pueden
infundir en toda la humanidad una nueva fuerza vital.
La Iglesia mira con atención a las jóvenes comunidades
eclesiales africanas, y la Asamblea especial del Sínodo de los obispos, dedicada
a África, que tendrá lugar en Roma en abril del año próximo, contribuirá
seguramente a poner de manifiesto la aportación que esas comunidades pueden dar
a la nueva evangelización en estos años que nos acercan ya al jubileo del año
dos mil.
2. Al pensar en el África de la esperanza, no puedo olvidar, sin
embargo, los numerosos y graves problemas que la afligen.
Durante mi permanencia en ese continente, he visto ojos
suplicantes y, entre los aplausos y los gritos de júbilo, llegó a mi corazón
también el gemido del África que muere bajo el golpe del hambre, de la
enfermedad, de la guerra y de la intolerancia étnica y religiosa.
Esa África pide al mundo una solidaridad renovada. Ciertamente,
debe tener la valentía de tomar en sus manos su propio destino, y tiene
capacidad para hacerlo, pero no se la puede dejar sola.
3. Hoy celebramos la fiesta litúrgica de los santos Cirilo y
Metodio, copatronos de Europa. La solicitud de esos santos hermanos por la
salvación espiritual y el progreso social de los pueblos eslavos nos hace
remontarnos con el pensamiento a las queridas poblaciones de los Balcanes y
constituye para nosotros una apremiante invitación a no abandonarlas en una
situación que resulta cada día más trágica y cruel.
En efecto, a los lutos de la guerra se añaden los que provocan
el hambre y la falta de los artículos de primera necesidad. Invito, una vez más,
a todos los creyentes a pedir juntamente conmigo al Señor que conceda a las
martirizadas poblaciones de Bosnia-Herzegovina el don de la paz y guíe la
conciencia de los que tienen responsabilidades de gobierno, a fin de que
realicen todos los esfuerzos posibles para permitir que las ayudas humanitarias
lleguen a su destino.
Junto con los santos hermanos Cirilo y Metodio, que amaron a las
naciones eslavas con un amor especial, invoquemos la protección maternal de la
Virgen María, para que convierta los corazones, llevándolos a actitudes de
auténtica fraternidad.
¡María, Madre de misericordia, ruega por nosotros!
* * *
Después del Ángelus
Deseo ahora saludar muy cordialmente a las Comunidades Neocatecumenales españolas de las parroquias de Nuestra Señora del
Mercado
(León), Nuestra Señora Real de la Corte (Oviedo), Santa María Magdalena
(Valladolid) y San Martín (Salamanca), presentes en Roma para hacer su profesión
de fe ante la tumba del Apóstol san Pedro.
Mientras os encomiendo a la Santísima Virgen, a cuyo Santuario
de Loreto os dirigís, os aliento a dar testimonio de los valores evangélicos
siendo siempre constructores de paz y reconciliación fraterna.
A todos os bendigo de corazón.
© Copyright 1993 - Libreria Editrice Vaticana
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