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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 7 de marzo de 1993


Queridos hermanos y hermanas:

1. «Los ojos del Señor están sobre quienes le temen, sobre los que esperan en su amor» (Sal 33, 18). Estas palabras de la liturgia de este domingo de Cuaresma nos invitan a estar atentos a la mirada de Dios, de la que tenemos una gran necesidad. Toda la humanidad tiene necesidad de ella, porque está viviendo una hora verdaderamente difícil. Pues ¿cómo quedarse callado ante el triste espectáculo de atropellos y crueldades inauditas que parecen arrastrar a personas y poblaciones al borde del abismo?

¿Cómo es posible que en nuestro siglo, siglo de la ciencia y la técnica, capaz de penetrar los misterios del espacio, nos sintamos testigos impotentes de violaciones escalofriantes a la dignidad humana?

¿Acaso no depende del hecho de que la cultura contemporánea persigue en gran medida el espejismo de un humanismo sin Dios, o se enorgullece de afirmar los derechos del hombre olvidándose o peor aún, pisoteando a veces los derechos de Dios?

2. ¡Es hora de volver a Dios! Sí, amadísimos hermanos y hermanas, el mundo tiene necesidad de Dios, en quien a menudo cree poco, a quien adora poco, y a quien ama y obedece poco. Dios no se queda callado, sino que pide el silencio humilde de la escucha. Su respeto infinito a nuestra libertad no es debilidad: nos trata como a hijos.

Dejemos que su palabra toque nuestro corazón. Él es la esperanza del hombre y el fundamento de su dignidad auténtica.

Los hechos han demostrado la ceguera de todas las ideologías que han pretendido poner al hombre como alternativa a Dios, la criatura a su Creador. Como dice el Concilio: «La criatura sin el Creador desaparece» (Gaudium et spes, 36).

Ciertamente es justo y necesario afirmar y defender los derechos del hombre, pero antes es preciso reconocer y respetar los derechos de Dios. Descuidando los derechos de Dios se corre el riesgo, ante todo, de anular los del hombre. «Cuando, por el contrario, faltan ese fundamento divino y esa esperanza de la vida eterna ―sigue afirmando el Concilio―, la dignidad humana sufre lesiones gravísimas» (ib., 21).

Permitidme gritar fuerte: ¡es hora de volver a Dios! A quien todavía no tiene la alegría de la fe se le pide la valentía de buscarla con confianza perseverancia y disponibilidad. A quien ya tiene la gracia de poseerla se le pide que la aprecie como el tesoro más valioso de su existencia, viviéndola profundamente y testimoniándola con pasión. Nuestro mundo tiene sed de una fe profunda y auténtica, porque sólo Dios puede satisfacer plenamente las aspiraciones del corazón humano.

3. Es necesario volver a Dios, reconocer y respetar los derechos de Dios. Pidamos a la Virgen santa esta conciencia renovada. Su presencia materna, que nos amonesta, se ha hecho sentir muchas veces, incluso en nuestro siglo. Parece que quiere ponernos en guardia ante los peligros que se ciernen sobre la humanidad. María nos pide que respondamos a la fuerza oscura del mal con las armas pacíficas de la oración, el ayuno y la caridad. Nos indica a Cristo nos lleva a Cristo. No defraudemos las expectativas de su corazón de madre.

4. Hermanos y hermanas en el Señor, ayer me visitó el alcalde de Sarajevo, que me confirmó el agravamiento de las trágicas noticias que desde hace más de un año llegan de las martirizadas poblaciones de Bosnia-Herzegovina. Las cifras impresionantes de muertos, heridos, mujeres violadas, de presos en campos de concentración y deportados por la inicua operación de limpieza étnica, que nos habían comunicado en enero, en Asís, el jefe de esa comunidad musulmana y los obispos de las diócesis de Sarajevo Banja Luka y Mostar, resultan ahora aún más dramáticas.

Por mi parte, le renové al alcalde de Sarajevo la expresión de la solidaridad de toda la Iglesia católica para con esas poblaciones, y le aseguré que la Santa Sede seguirá usando todos los medios que estén a su disposición para contribuir a poner fin a esa inútil matanza.

Por ello, siento el deber de lanzar una vez más un apremiante llamamiento a todos los hombres de buena voluntad, para que prosigan su noble esfuerzo de enviar ayuda humanitaria, incluso a costa de grandes sacrificios, a las poblaciones más afectadas por la guerra.

Una vez más, siento el urgente deber de recordar a todos los responsables del drama balcánico que la guerra de agresión es indigna del hombre y clama venganza ante Dios; que la destrucción física o moral del adversario es un crimen; y que la conquista territorial llevada a cabo con la fuerza es inaceptable. En nombre de Dios, invito a todos a deponer las armas. Nunca es demasiado tarde para reparar el mal realizado y para reconstruir una patria nueva.

 

© Copyright 1993 - Libreria Editrice Vaticana 

 

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