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JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 4 de julio de 1993
Queridos hermanos y hermanas:
1. El próximo mes de agosto, jóvenes procedentes de todo el
mundo se reunirán en Denver, Estados Unidos, con ocasión de la Jornada mundial
de la juventud. Junto con ellos queremos prepararnos a esa gran experiencia
eclesial, poniéndonos en camino idealmente hacia Denver, donde, como en los años
anteriores en Buenos Aires, Santiago de Compostela y Czestochowa, habrá
seguramente una extraordinaria y vibrante participación juvenil.
En Denver se reunirán jóvenes de todas las razas y culturas para
dar al mundo una señal de confianza, en un momento histórico atormentado por
tensiones, guerras sangrientas y rebrotes de intolerancia, que pueden poner en
peligro la unidad y la paz del mundo.
2. Esos jóvenes se darán la mano, uniendo los colores de su piel
y de sus banderas nacionales, y la variedad de sus culturas y sus experiencias,
fundadas en la única fe en Cristo.
Así, formarán un inmenso círculo de amistad, como para rodear a
la humanidad con un abrazo de paz, a fin de construir una barrera insuperable
contra toda forma de violencia.
Gritarán con fuerza la razón de su esperanza: Cristo, que vino a
los hombres «para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10, 10).
Eso es lo que quiere ser Denver para los jóvenes que van a
participar en ese encuentro y para todos los que, no pudiendo intervenir
personalmente estarán unidos espiritualmente: vivir la alegría de estar juntos
en el nombre de Jesús, compartiendo los grandes valores del Evangelio.
3. Queridos hermanos y hermanas, en este mes de julio ha
comenzado para muchos el tradicional tiempo de vacaciones, y para muchos jóvenes
las vacaciones escolares. También yo iré el miércoles próximo a Cadore, para
pasar algunos días de descanso en la montaña.
En una sociedad en la que el ritmo de la existencia diaria ha
aumentado desmesuradamente, es necesario redescubrir el valor del descanso,
evitando, sin embargo, transformarlo —como cierto hedonismo podría sugerir— en
un descanso de los valores. Las verdaderas vacaciones regeneradoras son las que,
al mismo tiempo que nos hacen dejar a un lado los compromisos ordinarios de
todos los días, nos permiten también redescubrir los valores normalmente más
sacrificados, como por ejemplo el gozo de la naturaleza, la alegría de la
amistad y la solidaridad gratuita.
Las vacaciones nos permiten, sobre todo, dedicar tiempo a la
actividad espiritual, a la meditación y a la oración. Espero de todo corazón que
así sea para todos.
En este momento mi pensamiento va a cuanto, por desgracia, no
pueden permitirse ir de vacaciones, a quienes se quedarán solos en casa, a los
ancianos y a los enfermos que pasarán los meses de verano en el hospital.
Que la Virgen no permita que falte a quien sufre y está en
dificultad el apoyo de personas amigas.
Ahora nos dirigimos a ella con confianza, pidiéndole que obtenga
a cada uno serenidad y paz.
© Copyright 1993 - Libreria Editrice Vaticana
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