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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 12 de septiembre de 1993

 

1. «Y la Palabra se hizo carne», (Jn 1, 14).

La fórmula lapidaria del evangelista Juan fija la realidad del misterio en su núcleo esencial: la Palabra eterna de Dios «se hizo carne» en el seno de la Virgen María, y, de este modo, entró en la historia humana, introduciendo en ella el principio de su renovación definitiva. La Palabra divina se ha revelado mediante palabras humanas, y con éstas ha comenzado a recorrer los caminos del mundo llegando «hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8).

Queridos hermanos y hermanas, me agrada leer en esta clave mi reciente viaje pastoral a Lituania, Letonia y Estonia, durante el cual he podido conocer más de cerca esas nobles poblaciones.

El mensaje cristiano comenzó a resonar en ellas sólo a comienzos del segundo milenio, cuando ya contaban con una larga historia. Basta pensar que la lengua lituana es una de las lenguas indoeuropeas más antiguas, emparentada con el sánscrito. El anuncio del Evangelio fecundó esas tierras, desarrollando y llevando a su plenitud muchos valores que ya poseían.

El patrimonio religioso y humano, que se acumuló desde entonces en esas regiones, representa una riqueza singular para la humanidad y, al mismo tiempo, un testimonio de la infinita variedad de expresiones mediante las que el Verbo de Dios se manifiesta y actúa en la historia. A lo largo de los siglos se ha producido un gran florecimiento de pensamientos y sentimientos cristianos con las características propias de esas lenguas abiertas al mensaje salvífico. Al recibir la revelación, se convirtieron en vehículo y en eco de la Palabra eterna que se hizo carne en Jesús.

2. Desgraciadamente, el eco del Verbo llega con frecuencia deformado al hombre herido por el pecado. Este, a veces, incluso lo rechaza y lo traiciona. La sangre que se derrama en nuestro mundo, los egoísmos que lo desgarran y las injusticias que lo marcan, ¿no son una traición a esa Palabra eterna, que es palabra de amor y paz?

El hombre tiene necesidad de una salvación que viene de Dios, tiene necesidad de la redención. Precisamente durante esta semana nos lo recuerdan las fiestas litúrgicas de la Exaltación de la cruz y de la Virgen de los Dolores, invitándonos a meditar de nuevo en el misterio de la pasión de Cristo, que es fruto de nuestro pecado e instrumento de nuestro rescate.

Durante mi peregrinación por los países bálticos, me confortó sobremanera ver que en esas tierras se da esta conciencia. Lo testimonia incluso el paisaje, con sus cruces esparcidas a la vera de los caminos, o agrupadas devotamente, como en la Colina de las cruces en Lituania, y con sus santuarios marianos en los que desde hace siglos se reaviva la fe antigua de esa gente.

3. Con esos pueblos, que finalmente han recuperado su libertad, Europa mira al futuro. Pero ¿qué futuro podemos imaginar lejos de las raíces cristianas que han plasmado la vida y la cultura del continente? Si se considera la difícil situación de la Europa actual, resulta más urgente que nunca que el misterio de la Encarnación y de la Redención vuelva a iluminar nuestros problemas, nuestros pensamientos y nuestra difícil convivencia.

Que María, Madre del Redentor, guíe a los países bálticos, a Europa y al mundo entero por el camino de la renovación profunda y auténtica que encuentra en el Evangelio su savia vital.

Hoy tenemos otro motivo especial para elevar una ferviente oración al Señor: son los signos históricos de voluntad de paz que, después de tanto tiempo y tantos sufrimientos, vienen de Tierra Santa y de Oriente Medio.

Demos gracias al Señor por haber inspirado el corazón de los valientes responsables, para que superaran las desconfianzas, los miedos y las graves dificultades objetivas, y comenzaran por fin un camino concreto y constructivo en favor de sus pueblos y su región.

Se trata del inicio de un camino arduo, en cuyo trayecto seguramente habrá dificultades: es el precio de la paz entre los pueblos y también de la paz del corazón.

Mostrándonos solidarios con todos los creyentes y con todos los hombres de buena voluntad de Oriente Medio, pedimos a Dios que siga protegiendo y fortaleciendo a los artífices de este acontecimiento. Que Dios inspire confianza también en quienes, dudando aún y sintiéndose afectados por tantas desilusiones y temores, creen que la paz y la justicia están todavía lejos.

Con estos sentimientos de esperanza, no puedo menos de pensar en Jerusalén, ciudad del Señor y encrucijada de paz y fraternidad para Tierra Santa, para toda esa región y para todos los pueblos que habitan allí.

* * *

Después del Ángelus

Saludo ahora con todo afecto a todos los peregrinos y visitantes de los diversos países de América Latina y de España.

Mientras os encomiendo a la maternal protección de la Santísima Virgen, imparto a vosotros y a vuestras familias la bendición apostólica.

 

© Copyright 1993 - Libreria Editrice Vaticana 

 

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