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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 12 de diciembre de 1993

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. La liturgia de este tercer domingo de Adviento nos presenta a Juan Bautista, el precursor, como testigo de la luz (cf. Jn 1, 7-8), que señala a los hombres a Cristo, «la luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9).

La misión del Bautista continúa más aún, se profundiza en la Iglesia, llamada a anunciar a Cristo a todas las generaciones. Ante la inminencia del Año de la familia, me complace subrayar que esa misión ha sido confiada, de una manera muy especial, a la familia cristiana. Como escribí en la Familiaris consortio, «la familia cristiana, hoy sobre todo, tiene una especial vocación a ser testigo de la alianza pascual de Cristo mediante la constante irradiación de la alegría del amor y de la certeza de la esperanza, de la que debe dar razón» (n. 52).

Sin embargo, en cierto sentido, toda familia del mundo debe ser testimonio de luz, en virtud del plan de Dios que hace de ella el santuario de la vida, lugar de acogida, de esperanza y de solidaridad.

2. Al recordar la sublime misión de la familia, ¿cómo no pensar con gran inquietud en los numerosos núcleos familiares desgarrados por la guerra que se libra en los países de la ex Yugoslavia donde el conflicto continúa y, por desgracia no se vislumbra en un futuro próximo una solución justa y equitativa? A tiempo que exhorto a los responsables de esos pueblos a acallar por fin el ruido de las armas e invito a las autoridades internacionales a hacer todos los esfuerzos posibles para llevar a cabo una mediación pacífica y eficaz, quisiera pedir a los creyentes del mundo entero que supliquen a Dios el don inestimable de la paz. Debemos seguir haciéndolo, sin caer jamás en el desaliento.

También la Semana de oración por la unidad de los cristianos, que tendrá lugar del 18 al 25 del próximo mes de enero, debe constituir para los católicos y lo hermanos de las demás confesiones cristianas una ocasión importante para estar espiritualmente cerca de las poblaciones tan probadas de Bosnia-Herzegovina. Con ese fin, he convocado para el domingo 23 de enero una especial jornada de oración para implorar de Dios la paz. Ese día, aquí en Roma, celebraré la sagrada eucaristía, e invito desde hoy a toda la Iglesia a unirse a mí, preparando ese momento de profunda oración comunitaria mediante una jornada de ayuno. Extiendo esta invitación a los demás creyentes a todas las personas de buena voluntad. El Señor que nos exhorta a invocarlo con fe, sostenida por el esfuerzo de conversión y comunión fraterna, quiera escuchar nuestros deseos y conceda finalmente la paz a esa martirizada región, así como a todos los demás pueblos involucrados en el drama de la guerra.

3. Amadísimos hermanos y hermanas, contemplemos a María, Reina de la paz. Repasemos los acontecimientos que angustiaron a la familia de Nazaret, víctima de la persecución y de la violencia.

Virgen santísima, tú que viviste en la fe los momentos duros de la vida familiar, alcanza la paz a las naciones que están en guerra y ayuda a las familias del mundo cumplir su insustituible misión de paz.

* * *

Después del Ángelus

Deseo ahora saludar muy cordialmente a las Comunidades Neocatecumenales de Málaga, Huelva y Cádiz (España), presentes en Roma para hacer su profesión de fe ante la tumba del Apóstol san Pedro.

Mientras encomiendo a la Santísima Virgen, a cuyo santuario de Loreto os dirigís, os aliento a dar siempre testimonio de los valores evangélicos siendo siempre constructores de paz y reconciliación fraterna. A todos bendigo de corazón.

 

© Copyright 1993 - Libreria Editrice Vaticana 

 

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