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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 30 de enero de 1994

 

Amadísimos hermanos y hermanas;
queridos muchachos de la Acción Católica:

1. La familia se encuentra, desde siempre, en el centro de la atención de la Iglesia; y sobre todo ahora que estamos en el Año dedicado a ella. Si nos preguntamos el porqué de tanto interés, no es difícil encontrarlo en el amor y en el servicio que la Iglesia debe al hombre. El cristianismo es la religión de la Encarnación, es el anuncio gozoso de un Dios que sale al encuentro del hombre y se hace hombre. Por esto, desde mi primera encíclica, no he dudado en afirmar que el hombre es «el camino de la Iglesia» (Redemptor hominis, 14), pues quería recordar y destacar el camino que Dios mismo recorrió cuando, a través de la Encarnación y la Redención, se paso en la senda de su criatura.

Pero ¿cómo encontrar al hombre, sin encontrar la familia? El hombre es esencialmente un ser social; con mayor razón, se puede decir que es un ser «familiar». La familia es el lugar natural de su venida al mundo; es el ambiente en que normalmente recibe lo que necesita para desarrollarse; es el núcleo afectivo primordial que le da consistencia y seguridad; es la primera escuela de relaciones sociales.

La Iglesia ve la raíz última de esa realidad en el proyecto de Dios, más aún, en el misterio mismo de su vida. En efecto, Dios, a pesar de ser uno y único, se ha revelado como misterio trinitario inefable de tres Personas —Padre, Hijo y Espíritu Sano— en relación recíproca de amor. El amor de los esposos como el que une a todos los miembros de la familia, padres e hijos, es un reflejo, en el tiempo, de esa comunión eterna.

2. Podemos decir que ése es el evangelio de la familia que la Iglesia desea proponer con nuevo impulso. Estamos en el Año de la familia. Este año ha comenzado con una solemne celebración en Nazaret, cuna de la Sagrada Familia. Este año, que el Señor nos ofrece, ha de ser testimonio y anuncio; ha de ser tiempo de reflexión y conversión: tiempo de oración especial, oración por las familias, oración en las familias y oración de las familias.

Es hora de redescubrir queridos hermanos y hermanas, el valor de la oración, su fuerza misteriosa, su capacidad de volvernos a conducir a Dios y de introducirnos en la verdad radical del ser humano. Lleva a la conversión, a la conversión a su plena humanidad, que es la cristiana, y a la conversión a la familia, a la solidaridad al amor, precisamente de este núcleo de todas las relaciones sociales en el mundo.

Cuando el hombre ora, se coloca ante Dios, ante un Tú, un Tú divino, y comprende al mismo tiempo la íntima verdad de su propio yo: Tú divino, yo humano, ser personal creado a imagen de Dios.

Lo mismo sucede en la oración familiar: poniéndose a la luz del Señor, la familia se siente profundamente sujeto comunitario, un nosotros fundado en un eterno designio de amor, que nada en el mundo puede destruir.

3. Y, como de costumbre, antes del Ángelus, miremos a María, esposa y madre de la familia de Nazaret. Es un icono vivo de oración, en una familia que oraba. Precisamente por ello, es también imagen de serenidad y paz, de entrega y fidelidad, de ternura y esperanza. Y eso mismo debe ser también toda familia.

Virgen santa, te suplicamos que nos formes en la oración. Te pedimos el gran don del amor en todas las familias del mundo. Y con esta intención recitaremos ahora todos juntos el Ángelus Domini.

 

© Copyright 1994 - Libreria Editrice Vaticana 

 

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