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JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Lunes 15 de agosto de 1994 Solemnidad de la Asunción de la Virgen María
1. ¡Oh María!, hoy, en la solemnidad de tu Asunción, dirigimos nuestra mirada
hacia ti, llena de gracia, Virgen, que nos indicas el cielo, la meta hacia la
que todos nos encaminamos.
Te presentas en este día como nueva criatura, que, al pie de la
cruz, cuando parecía triunfar la muerte, «creíste que se cumplirían las cosas
que te fueron dichas de parte del Señor» (Lc 1, 45), y se ha realizado en ti la
promesa de la resurrección.
Te sentimos cercana, Madre de los redimidos, que nos enseñas a
superar toda turbación; que consuelas al pueblo de Dios en su lucha diaria
contra el «príncipe de este mundo» (Jn 12, 31), que intenta desarraigar de los
corazones el sentido de gratitud y de respeto a ese original y extraordinario
don divino, que es la vida del hombre.
Tú nos precedes, Virgen celestial en nuestra peregrinación de
fe. Fortalece oh María, nuestra esperanza; impulsa a la Iglesia a proseguir por
el camino de la fidelidad a su Señor, confiando únicamente en la fuerza
redentora de la santa cruz.
2. Con sentimientos de gratitud a Dios, nuestro pensamiento
vuelve hoy al encuentro mundial de los jóvenes, que se celebró el año pasado,
precisamente en este día, en Denver, Estados Unidos. Tú nos acompañaste allí y
nos acogiste, Virgen del camino, allí, junto a ti, escuchamos las palabras de tu
Hijo: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10, 10).
Todos los días nos renuevas, como entonces, la invitación de
Cristo a ser mensajeros de la vida divina, única que puede saciar el hambre del
corazón humano, y nos impulsas a reflexionar en lo que dijiste en Caná de
Galilea: «Haced lo que Él [el Maestro] os diga» (Jn 2, 5). En efecto, sólo Jesús
tiene palabras de vida eterna (cf. Jn 6, 68).
Meditando en esa gran realidad, nos encaminamos espiritualmente
hacia la próxima Jornada mundial de la juventud, que se celebrará en enero de
1995 en Manila, Filipinas.
Ayúdanos a preparar ese importante encuentro eclesial con
ferviente oración y con entusiasmo apostólico.
3. A ti, Reina de la paz y Madre de la Iglesia, en este día de
fiesta, confiamos los anhelos más profundos de nuestro corazón. En tus manos,
una vez más, ponemos a Italia, que este año está viviendo un tiempo especial de
oración; a tu solicitud materna encomendamos las naciones que sufren en los
diversos continentes a causa de la injusticia y de la guerra, en particular a la
martirizada Ruanda, así como a las poblaciones de Bosnia-Herzegovina y de toda
la zona de los Balcanes.
Te pedimos que dirijas tu mirada a los trabajos de la
Conferencia sobre población y desarrollo, que se celebrará el próximo mes de
septiembre en El Cairo.
Guía, oh María, a la humanidad por el camino de la búsqueda
humilde de la verdad y de la auténtica paz; guíala a la felicidad verdadera, que
sólo es posible en la comunión plena con Dios.
Reina elevada al cielo, ruega por nosotros.
Después del Ángelus
Me complace dar la bienvenida a todos los peregrinos de lengua
española que habéis querido venir hoy hasta aquí para venerar a la Virgen
rezando el Ángelus con el Papa. Poned siempre la mirada devota en María, la
humilde sierva del Señor, a la que hoy gozosos contemplamos elevada al cielo. A
Ella encomiendo todas las familias, “comunidades de vida y amor”, para que las
proteja y las bendiga, dándoles la fuerza para realizar el plan de Dios, aun en
medio de los avatares del mundo. Para todos vosotros y para vuestros familiares,
mi Bendición Apostólica.
© Copyright 1994 - Libreria Editrice Vaticana
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