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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 21 de agosto de 1994

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Esta mañana, para llegar al gran Prado de San Urso, he podido contemplar de cerca el magnífico espectáculo de las montañas que rodean la aldea de Cogne y este valle.

¡Qué escenario tan encantador tenemos ante nuestros ojos! Podemos admirar algunos de los picos más sugestivos de esta zona: la Grivola, el Gran Paraíso, que supera los cuatro mil metros de altura, la Torre del Gran San Pedro y, en la cadena del Gran Paraíso, las tres cimas muy semejantes entre sí, llamadas por eso los Tres Apóstoles. Ante este panorama tan sugestivo elevamos espontáneamente nuestra alabanza al Señor por las maravillas de la creación. Y también brota naturalmente de mi corazón un vivo agradecimiento a todos vosotros que, al espectáculo de la naturaleza añadís el calor de vuestra presencia. Saludo cordialmente, una vez más, a las autoridades religiosas, civiles y militares aquí reunidas. En particular, doy las gracias a todos los que, de diversa manera, han hecho posible este encuentro, así como a cuantos contribuyen generosamente a hacer que mi estancia en Valle de Aosta sea serena y fructuosa.

2. En nuestra celebración eucarística hemos recordado a san Besso, a san Urso a quien está dedicada la parroquia de Cogne, a san Anselmo de Aosta y al beato Pier Giorgio Frassati. Durante estos días la liturgia nos presenta algunas figuras de gran santidad y auténtica humanidad: ayer, san Bernardo, abad, testigo insigne de la cultura y de la espiritualidad monástica occidental; hoy, san Pío X, mi predecesor iluminado e intrépido, que vivió durante los primeros años turbulentos y difíciles de este siglo: supo defender con sabiduría y valentía la fe católica, y llegó a ser, con su estilo sencillo y paternal, un gran maestro de catequesis y de evangelización.

Amadísimos hermanos y hermanas, dirijamos nuestra mirada a los santos, que son testigos valerosos de fidelidad a Cristo. Inspirémonos en su ejemplo cuando escalemos la montaña de la santidad. ¡Ser santos! Sabéis bien que ésta es la vocación de todo creyente.

3. En la subida hacia Dios, en medio de las alegrías y las pruebas de la existencia terrena, nos guía, sobre todo, la Virgen María, de quien hoy he bendecido una estatua de bronce, que se pondrá en la cima del Tersivo en lugar de la que, con un acto de vandalismo, fue derribada por manos sacrílegas. Este año, además, se celebra el 40° aniversario de la colocación de la estatua de la Virgen en la cumbre del Gran Paraíso, que fue puesta allí con ocasión del centenario de la definición del dogma de la inmaculada concepción.

María vela sobre esta región salpicada de santuarios, que manifiestan de modo eficaz la devoción mariana de sus habitantes. Entre otros, pienso en los santuarios de Nuestra Señora de la Curación, de Courmayeur, y de Nuestra Señora de Machaby, de Arnaz, ambos situados en Valle de Aosta; de la Virgen del Rocciamelone, en la diócesis de Susa y de Nuestra Señora de Oropa, en la diócesis de Biella.

Nuestra Madre celestial, a quien en la liturgia de mañana invocaremos con el título de «reina», vela sobre el mundo entero. A ella le confiamos las necesidades auténticas de la humanidad, pensando, sobre todo, en la próxima Conferencia de El Cairo sobre población y desarrollo. Invocamos su ayuda y su protección, especialmente para las familias, durante todo este año dedicado a la familia.

 


© Copyright 1994 - Libreria Editrice Vaticana 

 

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