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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

 Domingo 1 de enero de 1995
Solemnidad de Santa María, Madre de Dios
Jornada mundial de la Paz

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. En el primer día del año 1995 expreso a cada uno un deseo de feliz año nuevo. Que sea un año verdaderamente sereno y alegre para todos.

«El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz» (Nm 6, 26). Con estas palabras de la sagrada Escritura, amadísimos hermanos y hermanas, quiero formularos mis más cordiales deseos de felicidad para el año que acabamos de comenzar, pidiendo a Dios el don de la paz para las familias, para las naciones y para la humanidad entera.

Que el Señor nos conceda su paz. Esta es nuestra constante invocación, que hemos de apoyar con gestos e iniciativas concretas. ¡Cuántas ocasiones se nos presentan para reflexionar sobre la urgencia de construir la paz! El año 1995, por ejemplo, nos trae a la mente el fin de los tristes acontecimientos de la segunda guerra mundial. También han pasado cincuenta años desde la inmensa tragedia de Hiroshima y Nagasaki, que ha marcado profundamente la conciencia de los hombres de nuestro tiempo.

Al recordar esos acontecimientos y al mirar a las regiones del mundo donde, por desgracia, se sigue combatiendo, ¿cómo no desear que el nuevo año traiga, por fin, a todos los rincones de la tierra la paz tan anhelada? Éste es nuestro ardiente deseo; un deseo que queremos confirmar con nuestra incesante oración, dirigida al Niño recostado en el pesebre. «Príncipe de la paz» (Is 9, 5), que viniste al mundo para traer a los hombres la reconciliación y la auténtica paz, danos la paz; haznos a todos constructores de paz.

2. Prosiguiendo la reflexión que comencé en el mensaje del año pasado, Año de la familia, he enviado a todos los jefes de Estado, para este día, un mensaje, que tiene por tema: «La mujer, educadora para la paz». En él he destacado la contribución significativa que las mujeres pueden prestar para el establecimiento de una paz que influya en todos los aspectos de la vida humana. Me he dirigido a ellas, invitándolas a ser «educadoras para la paz con todo su ser y en todas sus actuaciones: que sean testigos, mensajeras, maestras de paz en las relaciones entre las personas y las generaciones, en la familia, en la vida cultural, social y política de las naciones, de modo particular en las situaciones de conflicto y de guerra» (n. 2).

3. Que María las acompañe en esta exigente misión. A ella dirigimos nuestra mirada al principio del nuevo año, que marca el inicio de la primera etapa de preparación para el gran jubileo del año 2000. La Iglesia la invoca hoy como Madre de Dios, Madre del Príncipe de la paz.

Inspira, oh María, propósitos de diálogo y de reconciliación en los responsables de las naciones; guía los esfuerzos que hacen los hombres de buena voluntad; ayuda, en especial, a las mujeres en su vocación natural de educadoras para la paz en la familia, en la sociedad y en todo ámbito social.

* * *

Deseo a todos un feliz Año Nuevo con abundantes bendiciones del Señor


© Copyright 1995 - Libreria Editrice Vaticana

 

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