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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

 Domingo 19 de febrero de 1995

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. En el mensaje para la Jornada mundial de la paz he exhortado a las mujeres a ser «testigos, mensajeras, maestras de paz en las relaciones entre las personas y las generaciones, en la familia, en la vida cultural, social y política de las naciones» (n. 2; cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 9 de diciembre de 1994, p. 4). Son numerosas las figuras femeninas que han desempeñado y siguen desempeñando esa misión de modo ejemplar. Entre éstas deseo señalar a santa Francisca Xavier Cabrini, patrona de los emigrantes, un campo de apostolado que sigue teniendo una gran actualidad.

Es verdaderamente admirable lo que la madre Cabrini fue capaz de realizar. Nació en Lombardía a mediados del siglo pasado, y se dedicó a los emigrantes que, en los Estados Unidos y en otros países de América, encontraban diversas dificultades de integración. Para ellos organizó escuelas, asilos, colegios, hospitales y orfanatos, a pesar de contar con poquísimos medios, confiando únicamente en la divina Providencia. El amor al Corazón de Cristo la impulsaba y la sostenía. «El Sagrado Corazón —dijo en cierta ocasión— tiene tanta prisa en hacer las cosas, que no logro seguirlo». Era Cristo a quien reconocía y servía en el rostro de los emigrantes, para los que quería ser madre afectuosa e incansable.

2. Su obra, auténtico milagro de caridad, es una contribución singular a la causa de la paz, una verdadera pedagogía de paz. La madre Cabrini, con delicada intuición, se dio cuenta de que no bastaba ofrecer a los emigrantes una ayuda material. Era necesario ayudarles a integrarse plenamente en la nueva realidad social, sin perder los valores auténticos de su propia cultura. Ella misma, sin dejar de amar a Italia, adoptó la nacionalidad estadounidense, integrándose profundamente en el pueblo al que Dios la había llamado para cumplir su misión.

No es difícil captar la actualidad de ese testimonio. A causa de las crecientes corrientes migratorias, que llevan a millones de personas de una nación a otra, de un continente a otro, especialmente desde los países en vías de desarrollo hacia las sociedades del bienestar, ya notamos hoy la necesidad de recíproca comprensión, acogida e integración, y quizá será mucho mayor en el futuro. Por tanto, es evidente que la construcción de este futuro exige hombres y mujeres de paz. En particular, necesita corazones maternos como el de la madre Cabrini, ricos de las potencialidades del alma femenina acrisolada por el amor evangélico.

3. Encomendemos a la Virgen santísima el camino de la integración entre los pueblos, en la sociedad multicultural y multirracial de nuestro tiempo. Que María nos forme a todos en la acogida y en la solidaridad. Ojalá que los que llegan de países lejanos se sientan comprendidos por las poblaciones que los acogen, y que siempre los respeten y los amen como hermanos y hermanas. La Madre del Señor conceda a las mujeres una viva conciencia de su papel imprescindible en la construcción de una sociedad rica en calor humano y fraternidad generosa.

* * *

Después del Ángelus

Deseo saludar con todo afecto a todas las personas y grupos de lengua española.

En particular saludo al grupo de jóvenes deportistas de los Torneos Juveniles Bonaerenses de Argentina, aquí presentes, a los que aliento a vivir con generosidad y alegría las exigencias de la vocación cristiana, acompañando la profesión de la fe con el testimonio de las buenas obras.

 

© Copyright 1995 - Libreria Editrice Vaticana

 

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