JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 5 de marzo de 1995
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Mañana, en Copenhague, comenzará la cumbre mundial sobre el
desarrollo social, a la que ya me referí el domingo pasado. Ante todo, deseo
expresar mi profunda estima a la Organización de las Naciones Unidas, que ha
promovido y organizado la preparación de esta importante reunión. Saludo con
deferencia a los jefes de Estado y de Gobierno y a las delegaciones que
participarán en los trabajos. Deseo de corazón que este encuentro marque el
comienzo de una nueva fase para el camino de la humanidad, en el que el
bienestar de las personas y de los pueblos ocupe el centro de la atención y de
los esfuerzos de los responsables de las naciones.
Esta cumbre reúne a las máximas autoridades de casi todos los
países para buscar directrices comunes, a fin de combatir la pobreza, crear
trabajo para todos y promover la integración social. Estos objetivos requieren
ciertamente la aplicación de medidas económicas e instrumentos legislativos,
pero sobre todo han de considerarse, con razón, cuestiones de dignidad, de
derechos del hombre, de paz y de seguridad para todos. Verdaderamente es una
buena señal el hecho de que esas tareas no sólo se afronten con una visión
política y económica, sino también ética y espiritual, situando en el centro del
desarrollo social a la persona humana, no solamente las leyes económicas. En
efecto, las economías deben satisfacer las necesidades del hombre de modo
eficaz.
2. Todo ser humano tiene igual dignidad; una dignidad muy grande
para los creyentes, que reconocen en él la imagen de Dios. Sin embargo, existen
de hecho grandes desigualdades entre los hombres. Impresionan las diferencias
entre algunos países en vías de desarrollo, afligidos con frecuencia por el
hambre, la falta de instrucción y las enfermedades, y los países desarrollados,
en los que el fenómeno del consumo exasperado llega incluso a causar
desequilibrios ambientales. Además, no debemos olvidar las diferencias a veces
excesivas entre ricos y pobres dentro de una misma nación.
En ese contexto tampoco hay que olvidar que la falta de trabajo
no es sólo un dato económico, sino también un drama personal para muchos. De
este modo, los desocupados se ven excluidos de participar plenamente en la vida
de la sociedad. Crear nuevas oportunidades de trabajo es un compromiso
profundamente humano, ya que a través del trabajo el individuo se realiza como
persona y se convierte en protagonista de su propio desarrollo, en una relación
de cooperación con los demás.
3. Un objetivo de gran valor es también la integración social,
el compromiso de superar las numerosas formas de marginación. Es importante que
las sociedades sean lugares abiertos, en los que cada uno pueda sentirse acogido
con igual libertad, derechos y deberes. Quisiera atraer la atención hacia dos
aspectos indispensables para alcanzar esta gran meta.
El primero es la libertad religiosa, que en realidad es el
fundamento y como la síntesis de muchas libertades, como lo reconoce la
Conferencia. El segundo es el papel de la familia, factor importante de
integración social. Cuando la familia no es capaz de desempeñar sus propias
tareas, las consecuencias negativas recaen sobre toda la comunidad. Es una
ventaja para todos el hecho de que las familias se sientan ayudadas y reforzadas
en su propia estabilidad, incluso en el ámbito económico y legislativo.
El desarrollo social es una gran obra de bien común, al que
todos estamos llamados a contribuir.
Encomiendo los trabajos de esta cumbre mundial sobre el
desarrollo social a la intercesión de María santísima, para que este gran
encuentro internacional ofrezca auténticos motivos de esperanza con miras a un
mundo más acogedor y fraterno.
© Copyright 1995 - Libreria Editrice
Vaticana
|