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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

 Domingo 12 de marzo de 1995

 

1. Hoy, segundo domingo de Cuaresma, la liturgia nos invita a fijar la mirada en Cristo transfigurado. Después de vencer las tentaciones de Satanás, Jesús se dirige a Jerusalén para cumplir la voluntad del Padre y entregar su vida por la salvación del mundo.

La Transfiguración representa una etapa fugaz de ese itinerario, anticipa su meta y revela a los discípulos la verdadera identidad del Redentor. Confortados por esa experiencia, los Apóstoles, siguiendo al Maestro, podrán afrontar el difícil camino que lleva a la Pascua.

El misterio de la Transfiguración nos ofrece también a nosotros un mensaje de esperanza. Nos invita a encontrar al Señor y nos alienta, después, a bajar del monte para estar al servicio de nuestros hermanos con los ojos y el corazón transfigurados.

2. Amadísimos hermanos y hermanas acabamos de iniciar la primera fase de preparación para el jubileo del año 2000. En el camino bimilenario de la Iglesia, será un gran momento de transfiguración. En efecto, deberá «confirmar en los cristianos de hoy la fe en el Dios revelado en Cristo, sostener la esperanza prolongada en la espera de la vida eterna, vivificar la caridad comprometida activamente en el servicio a los hermanos» (Tertio millennio adveniente, 31).

Para prepararnos a vivir intensa y fructuosamente un acontecimiento de gracia tan excepcional, se nos exhorta, especialmente en este tiempo cuaresmal, a disponernos a la escucha atenta y orante de Cristo, el redentor del hombre. Para ello hay que crear las condiciones espirituales que permitan la acogida dócil y gozosa de la palabra de Dios: son momentos oportunos de silencio, el rechazo de evasiones pecaminosas, las pequeñas renuncias diarias y la caridad fraterna. Ojalá que las familias cristianas del mundo entero comiencen con empeño la preparación del próximo jubileo de la fe, alimentando en el hogar un clima de sobriedad y de fuerte tensión espiritual, mediante la lectura del evangelio y la oración en común.

3. El camino de Jesús, siervo sufriente hacia la Pascua nos recuerda, además, a los enfermos y a la multitud de hombres y mujeres humillados por la injusticia y la violencia.

La cumbre mundial sobre desarrollo social, que concluye precisamente hoy en Copenhague, ha puesto ante los ojos de la opinión pública del mundo entero las desigualdades existentes entre los pueblos ricos y los pobres, y las tragedias que ponen en peligro la vida de gran parte de la humanidad. Por desgracia, son el resultado de un mundo que, olvidándose de Dios, termina a menudo por humillar la dignidad del hombre. Expreso mis mejores deseos de que el encuentro de Copenhague sea un signo de esperanza para los pobres de todos los continentes y la premisa para la construcción de un mundo libre y solidario.

Encomendamos estos sentimientos y nuestro compromiso cuaresmal a María, para que ayude a todos los cristianos a transformarse en signo concreto del amor vivificante de Dios, a fin de que anuncien a todos, especialmente a quienes sufren y a cuantos están solos y abandonados, la alegría de la Pascua de resurrección.

* * *

Después del Ángelus

Deseo ahora saludar muy cordialmente a los peregrinos de lengua espanola. En particular, a las Comunidades Neocatecumenales de Valencia y Sevilla que habéis venido para hacer vuestra profesión de fe ante la tumba del Apóstol san Pedro. Saludo también al numeroso grupo de Cascos Azules del Batallón Militar Argentino, comprometidos en la misión de paz en Croacia.

Os encomiendo a la protección de la Santísima Virgen, pidiéndole que sea siempre la Estrella que os guíe con seguridad en vuestro camino cuaresmal hacia la Pascua. Agradecido por vuestra presencia, os bendigo con afecto.


 

 

© Copyright 1995 - Libreria Editrice Vaticana

 

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