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JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Jueves 29 de junio de 1995 Solemnidad de San Pedro y San Pablo
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Celebramos hoy la solemnidad de San Pedro y San Pablo: fiesta de Roma que
los venera como patronos, y fiesta de la Iglesia entera, que en el príncipe de
los Apóstoles y en el doctor de las gentes tiene dos columnas fundamentales de
su edificio espiritual. Además, en este día, mi alegría, que quisiera compartir
con todos vosotros, es particularmente grande, porque la Iglesia de Roma tiene
el privilegio de acoger como huésped al Patriarca ecuménico, Su Santidad
Bartolomé I, junto con los venerados hermanos que lo acompañan.
¡Cómo no recordar los vínculos de afecto que nos unen! Y ¡cómo no hacer
referencia explícita al hecho de que el año pasado él preparó los textos para el
vía crucis del Viernes santo en el Coliseo! En cierto sentido, fue como la
anticipación del don del día de hoy. Quisiera aquí renovar con todo el corazón
mi saludo a los hermanos de la Iglesia ortodoxa, asegurando la estima y el
afecto fraterno de toda la Iglesia católica. Juntos recordamos los prodigios
realizados por el Espíritu Santo en nuestras comunidades cristianas desde los
orígenes, desde el martirio de los primeros Apóstoles.
2. Este feliz encuentro ¿no nos impulsa a pensar en los respectivos patronos
de Constantinopla y de Roma: los hermanos Andrés y Simón? Según el relato del
evangelista Juan, fue precisamente Andrés quien presentó a su hermano a Jesús (cf.
Jn 1, 40-42).
Desde entonces, Andrés y Simón avanzan unidos por la senda de Cristo,
compartiendo ambos con él la muerte de cruz: la cruz que Saulo de Tarso,
convertido en el camino de Damasco, proclamará al mundo como único motivo de
gloria. Hoy, abrazando con la mirada de la fe los dos milenios transcurridos y
el tercero, ya cercano, queremos confesar juntos que sólo Cristo es la salvación
del mundo. Únicamente su muerte y su resurrección constituyen la auténtica
liberación del mal y de la muerte. Su cruz es fuerza de reconciliación y de paz;
es fundamento de esperanza para los creyentes de todo tiempo y lugar.
En Cristo somos uno; estamos llamados a anunciar al mundo el evangelio de la
alegría y de la vida. Como Andrés, como Pedro y Pablo, todos debemos anunciarlo
con la vida y la palabra, sin avergonzarnos nunca, sino gloriándonos de la cruz
de Cristo. En la cruz se abrió para nosotros el corazón del Redentor, sacramento
del corazón de Dios, omnipotente y misericordioso, creador y Señor del universo.
3. María, Madre de Dios y de la Iglesia, compartió con los Apóstoles la hora
del dolor y la hora de la comunión, permaneció fiel con Juan al pie de la cruz
del Hijo de Dios, en Pentecostés, acogió en el cenáculo con los Apóstoles, el
don del Espíritu Santo, sellando con su presencia el nacimiento de la Iglesia,
enviada a evangelizar a la humanidad hasta los últimos confines de la tierra.
Mira, María, al sucesor de Pedro y al sucesor de Andrés, aquí reunidos. Haz
que los cristianos de oriente, así como los de occidente, avancen siempre por el
camino de la unidad y de la fidelidad al Evangelio. Renueva en estos años que
nos llevan al tercer milenio los prodigios de la comunidad cristiana primitiva,
para que la humanidad contemporánea crea en Cristo, único salvador del mundo.
© Copyright 1995 - Libreria Editrice
Vaticana
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