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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

 Domingo 30 de julio de 1995

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. En el mensaje que entregué el pasado 26 de mayo a la señora Gertrude Mongella, secretaria general de la próxima Conferencia de Pekín, advertía que, para tener en mayor estima la misión de la mujer en la sociedad, sería oportuno volver a escribir la historia de un modo menos unilateral. Por desgracia, cierta historiografía ha prestado más atención a los acontecimientos extraordinarios y clamorosos, que al ritmo ordinario de la vida, y la historia que se ha escrito así casi se ha limitado a registrar las conquistas de los hombres. Hace falta una inversión de tendencia. «Es muy necesario aún hablar y escribir acerca de la gran deuda que tiene el hombre con respecto a la mujer en todos los otros campos del progreso social y cultural» (Mensaje a la señora Gertrude Mongella, secretaria de general de la próxima Conferencia de Pekín, n. 6: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 2 de junio de 1995, p. 20). Con el fin de contribuir a colmar esa laguna, haciéndome portavoz de la Iglesia, quisiera destacar la contribución múltiple e inmensa, aunque a menudo silenciosa, de las mujeres en todos los ámbitos de la vida humana.

2. Hoy, en especial, deseo recordar a la mujer como educadora. El hecho de que, en los países donde la institución escolar está más desarrollada, la presencia de mujeres educadoras está creciendo cada vez más, es un dato sumamente positivo. No cabe duda de que esa mayor implicación de la mujer en la escuela abre la perspectiva de un paso importante en el mismo proceso educativo. Se trata de una esperanza motivada, si se considera el sentido profundo de la educación, que no puede reducirse a una árida transmisión de nociones, sino que debe buscar el crecimiento del hombre en todas sus dimensiones. Bajo este aspecto, ¿cómo no ver la importancia del «genio femenino»? Y en la primera educación, dentro de la familia, resulta incluso indispensable. Su influjo «educativo» comienza cuando el niño aún está en el seno materno.

Pero no menos importante es el papel de la mujer en las demás fases del período formativo. La mujer tiene una singular capacidad para mirar a la persona concreta, capta sus exigencias y necesidades con intuición particular, y sabe afrontar los problemas con gran participación. La sensibilidad femenina ofrece, con matices complementarios a los del hombre, los mismos valores universales, que toda educación sana debe proponer siempre. De esa forma, cuando en los proyectos y en las instituciones formativas colaboran juntos hombres y mujeres, el plan integral de educación queda seguramente enriquecido.

3. Que la Virgen santísima guíe este redescubrimiento de la misión femenina en el campo de la educación. María mantuvo con su Hijo divino una relación singular: por una parte, fue su discípula dócil, meditando sus palabras en lo más íntimo del corazón; y, por otra, como madre y educadora, ayudaba a su humanidad a crecer «en sabiduría, edad y gracia delante de Dios y de los hombres» (Lc 2, 52). Quiera Dios que sigan su ejemplo las mujeres y los hombres que trabajan en el campo de la educación, tratando de construir el futuro del hombre.

* * *

Después del Ángelus

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española; en particular, a los miembros de la Milicia de la Inmaculada, de España. Os deseo que vuestra presencia en Roma os reafirme en la fe y que este tiempo de vacaciones, en el que se tiene más tiempo libre, sirva a todos para reflexionar sobre el sentido de la vida y nuestra vocación de hijos de Dios. Mientras os encomiendo a la Virgen María, os imparto la Bendición Apostólica.

 

© Copyright 1995 - Libreria Editrice Vaticana

 

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