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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

 Domingo 13 de agosto de 1995

 

Queridísimos hermanos y hermanas:

1. Una larga historia, en gran parte no escrita, atestigua el papel privilegiado que han desempeñado siempre las mujeres en las situaciones de sufrimiento, enfermedad, marginación y ancianidad, cuando el ser humano se muestra particularmente frágil y necesitado de una mano amiga.

Se podría decir que, en algunos casos, la vocación de la mujer a la maternidad la hace más sensible para captar las necesidades, y más ingeniosa para darles una respuesta solícita. Cuando a estas dotes naturales se añade también una consciente actitud de altruismo, y sobre todo la fuerza de la fe y de la caridad evangélica, se verifican entonces verdaderos milagros de entrega. La historia de la Iglesia es particularmente rica en ellos. Por poner un ejemplo, me agrada recordar la obra que desarrolló hace tres siglos santa Luisa de Marillac, siguiendo la huella trazada por san Vicente de Paúl. En el corazón de esta mujer infatigable la caridad no conocía límites. Enfermos, pobres, ancianos, niños abandonados y personas condenadas a trabajos forzados: a todos servía con amor de madre y con especiales dotes organizativas concretas. Oportunamente Juan XXIII la proclamó en 1960 patrona celestial de todos los que se dedican a las obras sociales cristianas (cf. AAS LII [1960] 556-568).

2. Pero ¿cuántas son, tanto en las comunidades cristianas como en la sociedad civil, las mujeres que se han convertido en ángeles de consuelo para las innumerables personas que sufren? ¡Deseo renovarles la gratitud de la Iglesia! Gracias a las mujeres comprometidas en favor de los niños, los que sufren, los ancianos: en las familias, en los pasillos de los hospitales, en los dispensarios de las misiones, en tantas instituciones públicas y privadas y en el voluntariado. En todos estos ámbitos es indispensable la presencia de mujeres que, a la necesaria capacidad profesional, sepan unir distinguidas dotes de generosidad, de sentido práctico, de intuición y ternura. Es confortador constatar cuán numerosas son hoy las mujeres dedicadas a la profesión médica, una de la que más exigen una gran dosis de humanidad, al mismo tiempo que competencia. Quien ha tenido experiencia de ello, sabe muy bien que el enfermo no se cura sólo con la medicina: para él vale mucho la acogida, la comprensión, la escucha y el consuelo fraterno. A esto están llamados cuantos se dedican a los servicios médicos y paramédicos. Sin embargo, ¿cómo negar que las mujeres tiene muchas veces un talento especial para los aspectos más delicados y humanos de una misión tan exigente? ¿Qué decir de tantas enfermeras? De mi experiencia tendría que decir muchas cosas, dando las gracias a esas religiosas, a esas enfermeras, particularmente en los hospitales que he frecuentado. Pienso especialmente en sor Auxilia.

3. En nuestro mundo donde, a pesar del progreso científico y económico sigue habiendo tanta pobreza y marginación, es necesario verdaderamente un suplemento de alma. En este compromiso las mujeres han de seguir manteniéndose siempre en primera fila.

Que María santísima bendiga al inmenso ejército de mujeres que trabaja en los servicios sociales, sanitarios y en los distintos campos de la solidaridad humana, y nos obtenga a todos experimentar la alegría del servicio realizado con amor.

* * *

Después del Ángelus

Un cordial saludo para todos los peregrinos de lengua española aquí presentes para esta oración mariana, especialmente al grupo de Hermanas de la Compañía de Santa Teresa de Jesús que se preparan para la Tercera Probación. Os deseo a todos que, al contemplar en la Ciudad Eterna tantos eminentes vestigios de la Iglesia primitiva, avivéis vuestra fe y toméis conciencia de su dimensión apostólica. Que durante este tiempo de vacaciones aprovechéis también para el crecimiento espiritual y cultural. Gracias por vuestra participación.


© Copyright 1995 - Libreria Editrice Vaticana

 

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