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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

 Martes 15 de agosto de 1995
Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen

 

Querídisimos hermanos y hermanas:

1. Hoy la Iglesia celebra a María santísima elevada al Cielo. «Maravillas» (Lc 1, 49) hizo el Señor, preservando de la corrupción de la muerte a quien ofreció al mundo el Dador de la vida. El concilio Vaticano II la invoca como «señal de esperanza cierta y de consuelo» (Lumen gentium, 68).

María resplandece así como «figura y primicia de la Iglesia» (prefacio de la Asunción), habiéndose realizado ya en su persona, en virtud del misterio pascual de Cristo, este destino de salvación al que Dios llama ya desde la eternidad a toda criatura humana. A María, «mujer vestida de sol» (Ap 12, 1), el pueblo de los creyentes que peregrinan en la tierra dirige su mirada como a estrella luminosa, que indica la meta hacia la que hay que tender en el camino diario.

Su asunción al cielo no es solo el coronamiento de su vocación particular de Madre y discípula del Señor Jesús, sino también el signo elocuente de la fidelidad de Dios al plan salvífico universal, ordenado a la redención de todo hombre y de todos los hombres.

2. En María, virgen y madre, encuentra expresión plena la femineidad, puesto que las cualidades personales que distinguen a la mujer con respecto al hombre pudieron manifestarse en ella en todo su esplendor. Toda mujer puede descubrir la afirmación auténtica de su propia dignidad y de su propio valor, dirigiendo su mirada a ella.

¿Cómo no encomendar a María, en la solemnidad litúrgica de hoy, a las mujeres de todo el mundo, para que, conscientes de su propia vocación, ofrezcan generosamente su contribución indispensable en todos los campos de la promoción humana y, sobre todo, en la defensa de la vida? Ojalá que por su intercesión, la próxima Conferencia de Pekín ponga en plena luz los valores auténticos que toda mujer lleva en sí. Gracias a la participación constructiva de todas las delegaciones, se ofrecerá así una contribución significativa a la causa de la mujer y a su misión en el mundo contemporáneo.

3. La solemnidad de la Asunción de María al cielo nos recuerda que María regresó en alma y cuerpo a la casa del Padre, la Jerusalén celestial, que es ciudad de la paz, hacia la cual todos estamos encaminados. Dado que la Iglesia se dirige a la Madre del Señor con el título de Reina del cielo, le complace, por esta razón, invocarla también con el feliz nombre de Reina de la paz. Ella, Reina de la Jerusalén celestial, morada de paz, intercede constantemente ante el Hijo por sus hijos, peregrinos en la historia, para que el anhelado bien de la paz y de la concordia de difunda en todos los rincones de la tierra.

Que la Virgen santísima proteja a la humanidad entera; proteja, en particular, a las víctimas de la injusticia, el odio y la violencia. Que obtenga para el mundo, especialmente para las tierras martirizadas por la guerra, la paz. Que María sea verdaderamente para todos signo de consuelo y de esperanza cierta.

María Asunta al cielo, ruega por nosotros.

* * *

Después del Ángelus

Un afectuoso saludo para todos los peregrinos de lengua española presentes para la oración del “Ángelus”. Hoy celebramos la solemnidad de la Asunción de la Virgen, una fiesta llena de alegría eclesial que nos recuerda nuestra participación en la victoria pascual de Cristo. Pidamos a María Santísima que sepamos vivir en coherencia con esa vocación y que seamos mensajeros de la paz y de la vida en la sociedad actual.

 

© Copyright 1995 - Libreria Editrice Vaticana

 

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