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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

 Domingo 24 de septiembre de 1995

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Tengo aún ante mis ojos las imágenes de la peregrinación que, del 14 al 20 de septiembre, me ha llevado por undécima vez a África. ¿Cómo no quedar impresionados por el calor humano de los africanos? ¿Cómo olvidar los colores los sonidos, los ritmos de esas tierras? Son la danza de la vida, el triunfo de la vida. Doy las gracias a todos y cada uno —a los obispos, a las autoridades civiles a los pueblos de Camerún, Sudáfrica y Kenia— por su cordial y jubilosa acogida.

Por desgracia, he experimentado de cerca, una vez más, los problemas de ese continente. África lleva las huellas de su larga historia de humillaciones. Con demasiada frecuencia se ha pensado en ese continente únicamente con intereses egoístas. Hoy, África pide que se la estime y ame por lo que es. No pide compasión, pide solidaridad. Este mensaje lo he recogido por doquier y, en particular, en el encuentro con Nelson Mandela, el hombre que ha guiado la superación del apartheid, interpretando el deseo de su pueblo y de toda África de renacer en la pacificación y en la colaboración entre todos sus hijos.

Pero demasiadas hipotecas gravan sobre este camino. Algunas regiones se hallan aún probadas por conflictos fratricidas. Prácticamente, todo el continente está aplastado por el enorme peso de la pobreza, la desnutrición, las enfermedades endémicas y el analfabetismo. A ello se añade el gravamen de una deuda que parece cerrar todo camino de salida. Siento el deber de hablar de África a la conciencia del mundo, del mundo de la opulencia, que no tiene escrúpulos a la hora de quitar recursos a los pobres para invertirlos en armas mortíferas. Los ojos de los niños africanos nos juzgan.

2. A pesar de todo, África es una gran promesa, una reserva de esperanza. Lo es por los grandes valores tradicionales que todavía resisten, aunque se vean amenazados por los modelos consumistas que van llegando. Pienso, por ejemplo en el profundo sentimiento religioso, en el fuerte sentido de la familia y en el respeto a la vida humana. Esta África de la esperanza compromete a los discípulos de Cristo. Me he dirigido a África para estimular a las Iglesias locales a un nuevo impulso de evangelización, según las líneas de la exhortación postsinodal Ecclesia in Africa. He querido firmar este documento en tierra africana, en Yaundé. Esa exhortación corona el Sínodo especial para África, celebrado el año pasado en Roma, e inaugura la fase del compromiso operativo. La Iglesia en África ya está bien consolidada, con su clero, sus catequistas y sus instituciones. Es una Iglesia joven y viva. El gran desafío que ha de afrontar consiste en encarnar la fe en la cultura de ese continente, para que no se pierda ningún valor auténtico de la tradición africana, y todo quede transfigurado por el Evangelio.

Iglesia que estás en África, ¡adelante! Asume con valentía tus responsabilidades. Da razón de la esperanza que hay en ti.

3. A María, Reina de África encomiendo el camino de ese continente hacia el nuevo milenio, ya a las puertas. Que ella toque los corazones de los poderosos del mundo, para que se dé una justa solución a sus problemas sociales. Y, sobre todo, que ella impulse y sostenga las energías de renovación que ya se encuentran presentes en los pueblos y en las Iglesias de África, y las lleve a maduración, para el bien de toda la humanidad.

***

Después del Ángelus

Me complace saludar a los peregrinos de lengua española que participáis conmigo en el rezo del “Ángelus”. Os invito a seguir mirando a la Virgen María, la humilde sierva del Señor. A Ella os encomiendo junto con vuestras familias, pidiéndole que os acompañe en vuestras actividades y os alcance la fuerza para realizar el plan de Dios. Con afecto os imparto mi Bendición Apostólica.

 


© Copyright 1995 - Libreria Editrice Vaticana

 

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