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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

 Domingo 22 de enero de 1995

 

Queridísimos hermanos y hermanas:

1. Acabo de terminar el largo viaje pastoral a Asia y Oceanía, que ha tenido como momento culminante la celebración de la décima Jornada mundial de la juventud, el domingo pasado, en Manila. Tengo todavía en los ojos y en el corazón el entusiasmo de millones de jóvenes de Filipinas y de todas las partes del mundo. Juntos han ofrecido un testimonio extraordinario de fe. ¡Damos gracias por esto Señor!

Deseo manifestar mi gratitud a todos los que, que diversas maneras han contribuido al buen éxito de esta peregrinación apostólica, que me llevó —después de Manila— a Port Moresby en Papúa Nueva Guinea, a Sidney en Australia y, finalmente, a Colombo en Sri Lanka.

Doy las gracias también a cuantos me han acompañado con su plegaria; sobre todo a los jóvenes que me han seguido de lejos, pero muy de cerca con el corazón. Que el Señor dé a cada uno la alegría y el valor de hablar al mundo de su amor, como han cantado sus coetáneos en Manila.

2. Este domingo está dentro del octavario de oración por la unidad de los cristianos, que va del 18 al 25 de enero. Es un tiempo propicio durante el cual los cristianos —católicos, ortodoxos, protestantes y anglicanos— dirigen al Señor una invocación más intensa para superar las incomprensiones que existen todavía entre ellos y alcanzar la plena unidad.

Esta división, escribía yo en la reciente carta apostólica Tertio millennio adveniente, es «un problema crucial para el testimonio evangélico en el mundo» (n. 34). En efecto, está en juego la fidelidad al Señor y la misma credibilidad del anuncio de la salvación divina. La fidelidad al único Redentor de la humanidad exige la unidad de todos los cristianos, es decir, «la comunión con Dios y entre nosotros» (cf. Jn 15, 1-17). Y precisamente en estos términos está enunciado este año el tema del octavario, propuesto conjuntamente por el Consejo ecuménico de las Iglesias y, por parte de la Iglesia católica, por el Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos.

3. Sólo la sincera comunión con Dios produce verdadera unión entre los cristianos, porque impulsa a todo discípulo a estar atento y a ser dócil a la voluntad del único Maestro. Esto no puede por menos de influir en las relaciones de los cristianos entre sí, ya que la voluntad de Jesús es precisa: «Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15, 12).

Cuanto mejor ponga en práctica este mandamiento la comunidad cristiana más eficaz será la oración humilde y concorde con la que ella pide el don de la unidad. Los contactos fraternos, el diálogo atento a la verdad, la constante colaboración dirigida al bien del prójimo son, sin duda, una ayuda en el camino hacia la consecución de la plena comunión que el Señor ciertamente un día realizará.

Invoquemos sobre este compromiso, que debe asumir todo bautizado, la materna intercesión de Aquella que es ejemplo incomparable de fidelidad y obediencia, la Virgen María, la Theotokos, Madre de Dios y Madre de los cristianos.

* * *

Después del Ángelus

Deseo ahora saludar muy cordialmente a las Comunidades Neocatecumenales españolas venidas desde las Islas Canarias para hacer la profesión de fe ante la tumba del Apóstol san Pedro y manifestar vuestra adhesión a su Sucesor.

Os encomiendo a la protección de la Santísima Virgen, a cuyo Santuario de Loreto os dirigís, pidiendo que Ella sea para vosotros la Estrella que guíe con seguridad vuestro camino al encuentro del Señor.

A todos bendigo de corazón.


© Copyright 1995 - Libreria Editrice Vaticana

 

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