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JUAN PABLO II

REGINA COELI

 Lunes 17 de abril de 1995

 

1. «Haec est dies quam fecit Dominus: exsultemus et laetemur in ea», (Sal 117, 24).

Amadísimos hermanos y hermanas, estamos llenos de alegría por el gran acontecimiento de la resurrección de Jesús, que ayer celebramos solemnemente. Alegría profunda, don de Cristo resucitado, que proclama la vida inmortal. Y el tiempo pascual, como enseñan los Padres de la Iglesia y la tradición litúrgica, forma una sola gran realidad, que prolonga en el tiempo el misterio de Cristo vencedor de la muerte.

Éste es el día que hizo el Señor en el que estamos llamados a rebosar de gozo y a permanecer con una vida renovada interiormente.

2. Pascua es el triunfo de la vida que no muere. La fiesta de hoy, llamada «Lunes del ángel», recuerda la presencia del mensajero celestial en los relatos evangélicos de la Resurrección. Al aparecerse a las mujeres junto al sepulcro, el ángel les anuncia que Jesús, el crucificado, ya no se encuentra en la tumba, sino que ha resucitado e irá delante de sus discípulos a Galilea (cf. Mt 28, 3-7; Mc 16, 5-7; Lc 24, 4-7).

Jesús de Nazaret, el crucificado, ha resucitado, no está aquí, dice el ángel a las mujeres que acudieron muy de mañana al sepulcro. Con esas palabras nos da a entender que ese vacío es signo de una nueva presencia del Señor entre los hombres; esa tumba abierta y privada del cuerpo de Jesús es testimonio de la victoria de la vida sobre la muerte.

He aquí el jubiloso anuncio: Jesús resucitado es el auténtico Evangelio de la vida. Él comunica al hombre la vida divina, la dignidad de hijo de Dios. Los Apóstoles nos han transmitido esta buena nueva, que hemos de hacer llegar «al corazón de cada hombre y mujer e introducirlo en lo más recóndito de toda la sociedad» (Evangelium vitae, 80).

. Así, también hoy, la Pascua de Resurrección con su fuerza arrebatadora sigue despertando el júbilo en el alma de quienes confían en el Señor de la vida, haciendo a las personas capaces de «venerar y respetar a cada hombre» (ib., 83) e impulsándolas a actuar con valentía y determinación en favor y en defensa de la vida.

A todos les deseo que se sientan parte del «pueblo de la vida», nacido del sacrificio pascual de Cristo, para hacer crecer y difundir la civilización del amor y de la paz, donde todo hombre puede fiarse de su hermano y hacerse él mismo prójimo de su hermano.

Dirijamos ahora nuestra oración a María. Ella que, al anuncio del ángel, acogió en su seno a Jesús, Evangelio de la vida, y fue inundada de gozo en el momento de su resurrección, nos alcance la gracia de ser en el mundo testigos del Resucitado, mensajeros de su alegría y transmisores de su amor.


© Copyright 1995 - Libreria Editrice Vaticana

 

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