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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Lunes 1 de enero de 1996
Solemnidad de Santa María, Madre de Dios
XXIX Jornada Mundial de la Paz

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Hoy es el primer día de un año nuevo que el Señor nos concede. En el umbral de este inicio, dirijo a todos mi cordial deseo de un feliz y sereno 1996. Un año de solidaridad fraterna y de paz para todos.

La Iglesia, peregrina en la historia, camina en el tiempo y comparte con todos los hombres la celebración del inicio del nuevo año; pero la vive y la celebra en la perspectiva que le es propia: la perspectiva de la fe. Hoy, en la octava de la Navidad, elevamos los ojos desde la cuna de Belén, donde «la Palabra de Dios se hizo carne» (cf. Jn 1, 14), y fijamos la mirada en la Madre de Jesús, Hijo de Dios e Hijo suyo. Así, en el primer día del año solar, como una espléndida miniatura sobre la primera página del calendario, la Iglesia coloca la solemnidad litúrgica de a santísima Madre de Dios; y a partir de esta consoladora verdad de la fe inicia su camino por los senderos del tiempo.

Al comienzo de la vida de todo hombre se halla el seno y el rostro de una madre. Al inicio de la vida de la Iglesia se encuentra el Corazón inmaculado de María: joven humilde de una aldea insignificante como Nazaret, nueva Eva que cambió con su sí el destino del mundo.

A nosotros, que nos preguntamos cómo será el nuevo año, María nos presenta a su Niño: Mira —parece decirnos—, el tiempo tiene el rostro de Jesús, el rostro de un Niño. Y, gracias a él, todo niño, por decir así, es símbolo de la historia humana que vuelve a comenzar desde el inicio, con gran esperanza.

2. Precisamente a los niños está dedicado el tema de la Jornada mundial de la paz, que hoy celebramos: ¡Demos a los niños un futuro de paz! Los niños de la tierra, en este final de siglo, son el brote del tercer milenio: piden, para su futuro, fermentos de paz, la «herencia de un mundo más unido y solidario» (Mensaje para la Jornada mundial de la paz, 11). El mundo, tan necesitado de paz, debe escuchar su petición. Los pequeños encarnan «las esperanzas, las expectativas y las potencialidades» de la familia humana (ib., 9); son testigos y maestros de esperanza en su corazón; no ahoguemos sus expectativas de paz.

3. Es realmente importante que todos los adultos nos preocupemos de asegurar a los niños un futuro de paz. Es nuestra tarea y nuestra responsabilidad. A grandes pasos, nos acercamos ya a la histórica meta del año 2000, etapa importante del camino de la humanidad. El Señor nos conceda llegar renovados en el espíritu y generosos para realizar un mundo más solidario y acogedor. Os invito a orar por esta intención, mientras junto con vosotros encomiendo a María, Madre de Dios y Madre nuestra, el año 1996, recién comenzado.

A ti, María, presentamos nuestros propósitos de bien; te suplicamos que extiendas sobre nosotros y sobre todos los días del nuevo año el manto de tu maternal protección: «Santa Madre de Dios, no desoigas la oración de tus hijos necesitados, líbranos de todo peligro, Virgen gloriosa y bendita».

* * *

Después del Ángelus

Al saludaros con afecto, os deseo un feliz Año Nuevo y os invito a dar gracias al Señor por los dones recibidos a lo largo del año que ha finalizado, y a pedirle continuamente el don de la paz para nuestros tiempos. ¡Que todos los niños del mundo comiencen con gozo este año, y puedan vivir una niñez serena, ayudados por el apoyo de los mayores!

 

© Copyright 1996 - Libreria Editrice Vaticana

 

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