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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 21 de enero de 1996

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Nos encontramos en la Semana de oración por la unidad de los cristianos, y aprovecho con mucho gusto esta ocasión para dirigir la atención para dirigir la atención de todos los creyentes hacia el compromiso ecuménico que caracterizó el concilio Vaticano II. Este compromiso se manifestó particularmente en el decreto Unitatis redintegratio.

El Concilio, con razón, definió la división entre los cristianos un «escándalo» que «contradice clara y abiertamente la voluntad de Cristo» (Unitatis redintegratio, 1). En efecto, Jesús, mediante el don del Espíritu, hizo de sus discípulos un cuerpo solo, cuya Cabeza es Él mismo. Los padres conciliares sintieron la necesidad de pedir perdón a Dios y a los hermanos por los pecados cometidos contra la unidad, y también aseguraron ese perdón para las culpas de los demás (cf. ib., 7). Exhortaron a los católicos a que «participen diligentemente en el trabajo ecuménico» (ib., 4), para que muy pronto se haga plena la comunión imperfecta que ya existe entre las Iglesias y comunidades eclesiales. El Concilio invitó, sobre todo, a cultivar el auténtico «ecumenismo espiritual», constituido por un continuo esfuerzo de oración y de conversión.

2. Otro decreto conciliar, Orientalium Ecclesiarum, dedicado a las Iglesias de rito oriental en plena comunión con la Sede apostólica, no se opone a este espíritu; por el contrario, lo confirma. Con este decreto, el Concilio quiso honrar «las instituciones, los ritos litúrgicos, las tradiciones eclesiásticas y la disciplina de la vida cristiana de las Iglesias orientales» (Orientalium Ecclesiarum, 1), declarando que ellas, al igual que las Iglesias de Occidente, «gozan del derecho y tienen el deber de regirse según sus respectivas disciplinas peculiares» (ib., 5). Su antigua tradición constituye una verdadera riqueza para la Iglesia entera, tal como se vio en el mismo Concilio gracias a la significativa contribución brindada precisamente por los católicos orientales. ¿Cómo olvidar la impresión profunda que suscitó el patriarca melquita de Antioquía, Máximo IV, cuando invitó de forma apremiante a los padres conciliares a «preservar el lugar del ausente», o sea de los hermanos ortodoxos, en espera de la plena comunión? Con la Orientalium Ecclesiarum, quedó de manifiesto que la meta tan deseada de la plena unidad no deberá llevar una uniformidad total, sino más bien a la integración de toda legítima diversidad en una comunión orgánica, de la que el sucesor de Pedro está llamado a ser servidor y garante.

3. Que la Virgen santísima, Madre de la unidad, nos haga oír con fuerza la voz del Señor que repite a sus discípulos: «Mira que estoy a la puerta y llamo» (Ap 3, 20), como recuerda oportunamente el tema de la Semana de oración por la unidad de los cristianos. El Señor Jesús llama a todos a una valiente y profunda revisión de vida, e impulsa a profundizar la pasión y el deseo ecuménico, mientras se acerca a grandes pasos el tercer milenio. Que la Madre de Cristo y de la Iglesia obtenga para todos los bautizados prontitud y fidelidad para responder al ardiente llamamiento del Redentor.

 

© Copyright 1996 - Libreria Editrice Vaticana

 

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