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JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 24 de marzo de 1996
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Mientras la naturaleza, en este comienzo de primavera, se
despierta a una vida nueva, me complace subrayar el valor que reviste la
práctica penitencial también para una educación profunda en el respeto del
ambiente, según el designio de Dios.
Se podría, quizá, sospechar que el ayuno y las otras renuncias
que propone la pedagogía eclesial implican un desprecio de la creación. Pero no
es así. Por el contrario, presuponen una consideración elevada del mundo
material y pueden verse como antídotos contra la intemperancia y la avidez,
oponiéndose al sentido de la posesión y del goce a toda costa, que impulsa al
hombre a hacerse dueño absoluto de cuanto lo rodea. ¿Cómo negar que, entre los
resultados negativos de esta «cultura de dominio», existe también un uso
incorrecto de la naturaleza, que desfigura su rostro, perjudica su equilibrio y
no se detiene ni siquiera ante la amenaza del desastre ecológico?
Las virtudes ascéticas, por el contrario, ayudan al hombre a
abrirse a Dios y a sus hermanos, y lo orientan a considerar las cosas materiales
en su, justa perspectiva. Le enseñan a usarlas sin abusar de ellas, y a
utilizarlas de manera solidaria y no egoísta, mirando no sólo a su goce
inmediato, sino también al futuro.
2. A esta perspectiva nos lleva a la Biblia cuando, en el
admirable relato de la creación, nos ilustra el designio de Dios sobre el
cosmos, caracterizado en su totalidad por la afirmación: «Y vio Dios que era
bueno». Las cosas creadas llevan el signo de la bondad y de la belleza del
Creador.
La Biblia asigna al hombre una posición privilegiada. Creado «a
imagen de Dios» (Gn 1, 26), tiene derecho a servirse de las demás realidades
creadas. Pero esto no le autoriza a adueñarse de la naturaleza y, mucho menos, a
devastarla. Al contrario, está llamado a convertirse en colaborador de Dios en
la promoción de la creación.
El Nuevo Testamento añade nueva luz cuando, con una imagen
sugestiva, ve a la creación gemir y sufrir «dolores de parto» (Rm 8, 22), es
decir, imbuida de un misterioso anhelo de liberación. Se trata de la liberación
que comenzó con la resurrección de Cristo. A través del hombre redimido,
liberado del pecado y resucitado con Cristo a una vida nueva, toda la creación
se eleva en espera de la última glorificación (cf. 1 Co 15, 23-28). La
penitencia cristiana sitúa al hombre, y con él al mundo, en este horizonte de
libertad. Más que «renuncia», es anuncio de vida.
3. Amadísimos hermanos y hermanas, pidamos a la Virgen santísima
que nos acompañe en el camino espiritual hacia la Pascua ya cercana. Que estos
días se caractericen por un recogimiento más intenso, una humilde revisión de
vida y una caridad más generosa. María nos ayude a cultivar el auténtico
espíritu penitencial, que favorezca en nosotros el respeto a la creación y nos
disponga siempre a cooperar responsablemente en el proyecto de Dios sobre el
mundo y el hombre.
* * *
Después del Ángelus
Deseo ahora saludar muy cordialmente a todos los peregrinos de
lengua española y de modo particular a los alumnos del Colegio «Colón» de
Huelva, a quienes aliento a dar siempre testimonio de los valores evangélicos.
A vosotros, a vuestras familias y a los Hermanos Maristas que os
acompañan imparto con afecto la bendición apostólica.
© Copyright 1996 - Libreria
Editrice Vaticana
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