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JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Lorenzago di Cadore (Belluno)
Domingo 14 de
julio de 1996
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Es un don del Señor poder encontrarnos también este año en un escenario tan
sugestivo y en este ambiente fresco y acogedor, donde reinan la serenidad y la
paz. Saludo con afecto a los habitantes de Lorenzago y del Cadore, custodios
vigilantes y activos de los valores humanos y cristianos que sus padres les han
transmitido. Agradezco a todos, comenzando por las autoridades, la acogida tan
cordial como siempre, mientras expreso mi vivo aprecio por la atención que
prestan a la salvaguardia de esta magnifica región montañosa.
Saludo al obispo de Treviso, monseñor Paolo Magnani, a quien agradezco la
hospitalidad fraterna que me brinda en su residencia veraniega. Asimismo,
saludo a la gran multitud de fieles trevisanos, que han querido visitarme hoy,
para presentarme sus múltiples expresiones de actividades formativas, de amistad
y de hospitalidad organizadas por la diócesis. Pienso en los muchachos de la
Acción católica que frecuentan los campamentos de verano, en los scouts de la
AGESCI y los de la Federación de scouts de Europa, en los seminaristas, así como en los muchachos de Chernobyl, huéspedes de vuestras
familias, y en los jóvenes minusválidos, que participan en semanas de amistad y
de integración social. En fin, pienso en los responsables de las diversas
asociaciones laicales que trabajan en los múltiples campos de la evangelización
y de la promoción humana. Os expreso a cada uno mi más cordial agradecimiento
por vuestra presencia en este momento de oración y por el empeño que ponéis
para que el verano sea un período de útil descanso y de recuperación física y
espiritual.
2. He seguido con atención cuanto vuestro representante acaba de decirme acerca
de las finalidades de vuestras diversas propuestas veraniegas. Pienso,
precisamente, que es una posibilidad providencial la que se os ofrece de pasar
un período de tiempo en estos lugares que, naturalmente, impulsan el espíritu a
dirigirse a Dios.
En efecto, la gozosa sensación que suscita el magnífico panorama que tenemos
delante, nos hace pensar en la primera mirada de Dios a la creación y en su
complacencia ante la obra de sus manos. Nos habla de esto el libro del Génesis:
«vio Dios que estaba bien» (Gn 1, 25). ¿Cómo no sentirnos rodeados del amor de
Dios, que abre ante nuestros ojos el libro de la naturaleza, invitándonos a
leer en él los signos de su presencia y de su ternura?
Alejados de la vida diaria, a menudo frenética y a veces lamentablemente
alienante, en estas amenas localidades de montaña se nos brinda la oportunidad
de redescubrir la grandeza de Dios y del hombre en la belleza de la creación, y
se nos invita a vivir más plenamente en sintonía con el Artífice del universo.
La majestuosidad de las montañas nos impulsa a entablar una relación más
respetuosa con la naturaleza. Al mismo tiempo, al tomar mayor conciencia del
valor del cosmos, nos sentimos estimulados a meditar en la gravedad de tantas
profanaciones del ambiente que, con frecuencia, se llevan a cabo con inadmisible
ligereza. El hombre contemporáneo, cuando se deja fascinar por los falsos
mitos, pierde de vista las riquezas y las esperanzas de vida encerradas en la
creación, don admirable de la Providencia divina para la humanidad entera.
3. Amadísimos hermanos y hermanas, mientras elevamos nuestro pensamiento al
Señor y le damos gracias por las oportunidades que nos ofrece de gozar del aire
fresco de las montañas, no podemos olvidar a las numerosas personas para las que
los meses de verano constituyen, quizá, un momento de mayor sufrimiento y
soledad. Que no falte en nuestra oración un pensamiento por los enfermos, los
ancianos, las personas solas, los presos y cuantos sufren física y
espiritualmente. Que nuestro recuerdo vaya acompañado por gestos concretos de
acogida y solidaridad.
Que nos sirva de ejemplo y guía la Madre del Señor: también en estos valles y en
las montañas podemos encontrar pequeños santuarios o ermitas que nos recuerdan
su protección materna. Sintámosla cercana; invoquémosla frecuentemente e
imitémosla con generosidad, haciendo de nuestra vida un don de amor a Dios y a
los hermanos.
Desde este lugar de paz quisiera invitaros hoy a seguir orando para que reine
la concordia entre los pueblos en todos los rincones de la tierra. Tengo
siempre presentes los sufrimientos de tantos hombres y mujeres, probados en el
cuerpo y en el espíritu. Hoy quisiera invitaros a orar, en particular, por la
paz en Irlanda del Norte, en el respeto a los derechos de toda persona y de todo
grupo social.
Que María, Reina de la paz, interceda por esa nación, tan querida.
© Copyright 1996 - Libreria
Editrice Vaticana
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