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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Solemnidad de la Asunción de María

Jueves 15 de agosto de 1996

 

1. «Se abrió el santuario de Dios en el cielo y apareció el arca de su Alianza» (Ap 11, 19). Hoy, solemnidad de la Asunción de María al cielo, mi invocación se une a la de los creyentes del mundo entero para alabar a la Madre del Señor.

A ella nos dirigimos con fe, como nos sugiere el concilio Vaticano II, para que ella, «que estuvo presente en los comienzos de la Iglesia con sus oraciones, también ahora en el cielo, exaltada sobre todos los bienaventurados y ángeles, en comunión con todos los santos, interceda ante su Hijo, hasta el momento en que todos los pueblos, los que se honran con el nombre de cristianos, así como los que todavía no conocen a su Salvador, puedan verse felizmente reunidos en paz y concordia en el único pueblo de Dios para gloria de la Santísima e indivisible Trinidad» (Lumen gentium, 69).

2. Te saludamos, gloriosa Madre del Redentor, arca de la Alianza, en la cual se ha cumplido la plenitud del misterio de la Redención: en ti la promesa del Emmanuel, del Dios con nosotros, se ha hecho realidad y Dios se ha convertido en nuestro hermano.

Te saludamos, humilde Esclava del Señor, que has dado a los hombres al Hijo de Dios, y, Mujer obediente, que con tu fiat nos has enseñado a hacer dócilmente todo lo que él nos dice.

Te saludamos, Virgen santa, que has acompañado y seguido a tu divino Hijo, sufriente y crucificado, hasta la muerte, y al pie de la cruz te has convertido en Madre nuestra, Madre de la Iglesia y de toda la humanidad.

Te saludamos, Virgen en oración con los Apóstoles en el cenáculo: con tu intercesión nos has obtenido el don del Espíritu Santo, que renueva el cielo y la tierra.

Te saludamos, Virgen gloriosa, en el misterio de tu Asunción al cielo: en ti Dios Padre, ha realizado por anticipado lo que se reserva cumplir al final de los tiempos en todos los que mueren en comunión con su Hijo e Hijo tuyo, Jesucristo.

Te saludarnos, Reina de los ángeles y de los santos, que desde el cielo intercedes por nosotros y nos sostienes en la peregrinación terrena hacia la tierra prometida: mantén viva nuestra fe, firme nuestra esperanza, ardiente nuestro amor hacia Dios y hacia los hermanos.

3. Contemplando el misterio de tu Asunción, oh María, aprendemos a valorar las realidades terrenas en su justa luz. Ayúdanos a no olvidar nunca que nuestra verdadera y definitiva morada es el cielo y sostennos en el esfuerzo de hacer nuestra convivencia aquí abajo cada vez más fraterna y solidaria. Haznos agentes de justicia y artífices de paz en el nombre de Cristo, nuestra auténtica paz.

Virgen santa, mientras nos guías como estrella luminosa hacia el gran jubileo del año 2000, haz que todo hombre y toda mujer reconozca en Jesús, fruto bendito de tu vientre, al propio Salvador.

¡Oh clemente, o piadosa, o dulce Virgen María!

 

© Copyright 1996 - Libreria Editrice Vaticana

 

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