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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo
6 de octubre de 1996

 

Al término de esta solemne celebración, me complace saludar en particular a los peregrinos que han venido de Italia y de diversas naciones para honrar a los nuevos beatos. Amadísimos hermanos y hermanas, junto con todos vosotros quisiera prolongar nuestra oración dirigiendo la mente y el corazón a la Virgen María, a quien el pueblo cristiano invoca durante este mes de octubre como Reina del santo rosario.

Os saludo ante todo a vosotros, peregrinos de lengua ucrania, que habéis venido con vuestros obispos y sacerdotes desde varias partes del mundo para compartir la alegría de la beatificación de Wincenty Lewoniuk y de sus doce compañeros mártires de Podlasia. Os invito a imitar su valiente constancia en la fe, siguiendo también su ejemplo de fervorosa devoción a la Virgen santísima.

Saludo con afecto a los numerosos peregrinos procedentes de Irlanda y otras partes del mundo, que se hallan presentes aquí hoy con motivo de la beatificación de Edmund Ignatius Rice. Vuestra presencia es un homenaje a la excelente labor desempeñada por los Hermanos Cristianos y los Hermanos de la Presentación, especialmente en el importante ámbito de la educación católica. Los santos de Irlanda, tanto los antiguos como los nuevos, manifiestan cuán profundamente el pueblo irlandés ha optado por Cristo. Os invito a orar para que esta herencia de fe y santidad auténticas inspire una nueva armonías y paz entre las comunidades en Irlanda del norte, entre personas de diferentes opiniones políticas. Oremos todos para que el pueblo irlandés supere las tensiones y los conflictos y construya un futuro más sereno y luminoso para los jóvenes. Con la paz no se pierde nada; con la violencia se puede perder todo. Dios bendiga a todos.

Saludo con gran afecto, a todos los peregrinos de lengua española. De modo especial a los obispos, sacerdotes y fieles venidos para la beatificación de la madre María Ana Mogas Fontcuberta, muy particularmente a las religiosas Franciscanas Misioneras de la Madre del Divino Pastor, continuadoras de su carisma, así como a las autoridades civiles que participan en esta ceremonia. La nueva beata se distinguió por su gran devoción a la santísima Virgen: imitadla también en este aspecto de su rica espiritualidad.

Quiero manifestar mi alegría por la presencia, de los peregrinos que han venido de Polonia para participar en la santa misa de beatificación: en particular, de la archidiócesis de Białystok, de las diócesis de Siedlce y Drohiczyn, junto con sus obispos, y también de los peregrinos que han venido de la archidiócesis de Lvov, junto con el arzobispo metropolita, y de otras partes de Ucrania.

Saludo, por último, a las religiosas de la Inmaculada Concepción y a todos los que veneran a la beata Marcelina Darowska, que han venido de Polonia y del extranjero, así como a los amigos de la congregación.

Demos gracias a Dios por el don de los nuevos beatos, por los nuevos ejemplos de auténticas virtudes cristianas y de amor a Cristo.

 

© Copyright 1996 - Libreria Editrice Vaticana

 

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