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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Solemnidad de la Asunción de la Virgen
Viernes 15 de agosto de 1997

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. La liturgia celebra hoy la solemnidad de la Asunción de la Virgen al cielo en alma y cuerpo. Así la contempla la Iglesia, llamada en este día a exultar con intenso gozo, reconociendo en la Mujer vestida de sol, resplandeciente de luz, un signo de segura y consoladora esperanza. ¡Qué plenitud de felicidad y de gloria se anuncia a los creyentes en este misterio de la Asunción de la Virgen!

María santísima nos muestra el destino final de quienes «oyen la palabra de Dios y la cumplen» (Lc 11, 28). Nos estimula a no enfrascarnos en los afanes de la hora presente, sino a elevar nuestra mirada a las alturas, para que se dilate en los ilimitados y sosegantes horizontes donde se encuentra Cristo, sentado a la derecha del Padre, y donde está también María, la humilde esclava de Nazaret, ya en la gloria celestial.

El hombre moderno, inquieto y atónito frente al perenne interrogante sobre el enigma de la muerte, tiene necesidad sobre todo de esta gozosa esperanza, de este anuncio siempre nuevo.

2. En María y en el misterio de su Asunción, cada persona está llamada a redescubrir el atrevido y connatural fin de la existencia, según el proyecto establecido por el Creador: hacerse conforme a Cristo, Verbo encarnado, auténtica imagen del Padre celestial, para avanzar con él por el camino de la fe y resucitar con él a la plenitud de la vida bienaventurada.

En esta perspectiva, la solemnidad de la Asunción constituye un estímulo providencial a meditar en la altísima dignidad de todo ser humano, también en su dimensión corporal. Se trata de una reflexión que se inserta muy bien en la preparación para la Jornada mundial de la juventud, ya inminente. Sobre todo a los jóvenes, esperanza de un mundo nuevo en el alba del tercer milenio cristiano, quisiera dirigir la exhortación del Apóstol «a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios», sin acomodaros al mundo presente (cf. Rm 12, 1-2).

Jesús, Maestro de inmortalidad, nos llama a seguirlo con pureza de vida y amor auténtico.

3. Queridos chicos y chicas, con quienes, Dios mediante, espero encontrarme en París dentro de algunos días, contemplad a María, la toda hermosa, íntegra en su alma y en su cuerpo. Dejaos guiar por ella, para que de vuestro corazón abierto a la verdad y atraído por las bellezas de la creación puedan brotar significativos gestos de acogida y de generosa entrega a los hermanos.

Con María, sed testigos de una esperanza que rebasa los confines de la vida terrena. Con ella caminad día tras día, sostenidos por la esperanza de poder acompañarla un día en la eterna felicidad del paraíso.

 

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana

 

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