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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 12 de octubre de 1997

 

1. Al concluir esta solemne celebración eucarística, os saludo con afecto a todos vosotros, amadísimos peregrinos que habéis venido a Roma de Italia, de Europa y de América.

Mi pensamiento va, en particular, a los fieles de la diócesis de Brescia, a los de la comunidad diocesana de Tursi-Lagonegro, así como a los de la archidiócesis de Espoleto y Nursia, que han venido en gran número a pesar de las graves consecuencias del terremoto. A todos invito a seguir las huellas de los nuevos beatos y aprovechar sus enseñanzas, convirtiéndose, de acuerdo con su ejemplo, en testigos del amor misericordioso de Dios en nuestro tiempo.

2. Saludo a los peregrinos de lengua francesa que han participado en la beatificación, en particular a las religiosas de la Compañía de María Reparadora. Ojalá sigan el ejemplo de la beata María de Jesús, que respondió «sí» al Señor, y que se pongan al servicio de sus hermanos, como la Madre de Cristo.

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, y muy especialmente a los obispos y fieles venidos de México para la beatificación del padre Elías del Socorro Nieves, así como a los miembros de la familia Agustiniana, que hoy ha tenido la dicha de ver subir a la gloria de los altares a dos ilustres hijos suyos. Que la Virgen María, Reina de los mártires y de las vírgenes, os ayude a imitar su ejemplo. A todos os bendigo de corazón.

3. Junto con los nuevos beatos, dirijamos ahora nuestro pensamiento a la Virgen, Reina de todos los santos. La devoción mariana resplandece de modo elocuente en estos hermanos y hermanas nuestros, elevados a la gloria de los altares. Ellos amaron y veneraron a la Virgen con afecto filial. A ella recurrieron durante toda su vida y especialmente en los momentos de dificultad y prueba, poniéndose ellos mismos y sus actividades en sus manos y en su corazón de Madre. Que la Virgen santísima, a la que en este mes de octubre honramos especialmente con el rezo del rosario, nos ayude a responder con prontitud y fidelidad a la vocación que Dios da a cada uno, según los diversos dones y carismas.

Y, al final, no puedo menos de recordar que hace una semana, el domingo pasado, tuve ocasión de celebrar en Río de Janeiro (Brasil), el segundo gran encuentro mundial con las familias. Recuerdo a todos y agradezco la gran hospitalidad de los brasileños, y en especial del cardenal de Río de Janeiro, que en todos esos días hospedó a familias procedentes del mundo entero. María, Madre de la familia, bendiga a todas las familias de Brasil y del mundo.

 

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana

 

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