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JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo 16 de
noviembre de 1997
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Acaba de concluir, en la
basílica de San Pedro, la solemne concelebración eucarística de apertura de la
Asamblea especial para América del Sínodo de los obispos, el primer
Sínodo panamericano de la historia, poco tiempo después del V Centenario del
comienzo de la evangelización del «nuevo mundo». Los padres sinodales, que han
venido a Roma para esta ocasión, están llamados a examinar a fondo la multiforme
realidad americana. En efecto, la Iglesia, atesorando la experiencia de cinco
siglos de evangelización, quiere prepararse para afrontar los grandes desafíos
del tercer milenio. Su objetivo consiste en difundir cada vez más el mensaje
evangélico, para que Cristo sea conocido y acogido en todas partes como el
verdadero Redentor del hombre.
Precisamente en Cristo se ha centrado de modo
particular nuestra atención durante este primer año de preparación inmediata
para el jubileo del año 2000. Él es quien derriba los muros de separación entre
los hombres y entre las naciones. Los cristianos, aun amando y honrando su
patria, son hombres y mujeres «sin fronteras», porque la comunidad eclesial no
tiene confines de raza, de lengua y de cultura.
2. Una invitación apremiante a
meditar en esta realidad nos hace hoy la Iglesia que está en Italia, con ocasión
de la anual Jornada nacional del emigrante, cuyo tema es: «Con Cristo,
para un mundo sin fronteras». Este año, que es también el año europeo contra
el racismo, todos estamos comprometidos a promover una humanidad reconciliada,
respetando las diferencias y estando abiertos al conocimiento recíproco.
Expreso
mi aprecio y aliento las numerosas iniciativas de solidaridad con los emigrantes
y refugiados, especialmente con cuantos se encuentran en situaciones difíciles y
precarias, que desgraciadamente son muchos. Encomiendo los propósitos de esta
Jornada a la intercesión de Juan Bautista Scalabrini, obispo y padre de los
emigrantes, a quien proclamé beato precisamente el domingo pasado.
3. Que
María, Madre de la humanidad, confirme con su intercesión los propósitos de
compromiso que nacen tanto de esta Jornada nacional del emigrante como de la
Asamblea sinodal para América.
Dirijo, en particular, mi pensamiento al
continente americano, que cuenta con numerosos santuarios en los que el pueblo
de Dios venera a la Virgen santísima. Que la Reina celestial de América obtenga
una abundante efusión del Espíritu Santo, que ilumine el discernimiento y
oriente los trabajos y las decisiones pastorales del Sínodo.
Llamamiento por la paz en la región del Golfo
La suerte de nuestros hermanos en
la región del Golfo es fuente de viva y renovada preocupación.
En este momento de extrema tensión,
en que parece que no se excluye la posibilidad de un nuevo conflicto armado en
Irak, deseo dirigir un apremiante llamamiento para que no se renuncie al camino
del diálogo y de la diplomacia, a fin de preservar y reforzar el respeto a la
justicia y al derecho internacional.
Recuerdo, de manera particular, a
las poblaciones civiles, especialmente a los ni os y a los enfermos, implicados,
sin quererlo, en una espiral de violencia que haría más trágica aún su situación
ya difícil.
Pidamos al Señor que ilumine la mente y el
corazón de los responsables del destino de los pueblos, para que comprendan que
la paz es el único instrumento capaz de garantizar la justicia.
© Copyright 1997 - Libreria
Editrice Vaticana
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